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Cultura - 11.05.2019

Vigilantes de las delicias del Museo del Prado

Cada uno de estos trabajadores siente miedo, orgullo, agobio, afecto o felicidad ante los tesoros que guardan

Ernst Jünger, el más longevo de los autores alemanes, autor de obras en las que restallan la paz y la guerra más crueles del siglo XX, vino al Museo del Prado un lunes de hace mucho tiempo y se quedó solo, de pie, ante El jardín de las delicias, de El Bosco.

Jünger fue un lunes, cuando no había visitas. Otro día de la semana hubiera estado atento a sus movimientos un vigilante discreto cuya misión es la de asegurar que el museo siga íntegro después de las avalanchas. Hace una semana estuvieron por aquí exactamente 13.883 personas, integrantes de colas kilométricas atraídas también por otras delicias que incluyen a Goya y a Velázquez y al Greco y… Desde hace dos siglos la pinacoteca que se salvó de la guerra es orgullo del arte mundial y, desde hace ocho días, Premio Princesa de Asturias de Humanidades.

Antes de que este lugar de tanta delicadeza abra al público, a las 10 de la mañana, una algarabía se concentra junto a la Puerta de Los Jerónimos. Son los vigilantes. A ellos se debe que no haya bullicio en las salas, que no se tomen fotografías (“con el móvil ya es más difícil garantizarlo”, dice Charo Lapausa, la jefa del servicio de relaciones con los medios), que la gente circule, que no se paren en exceso ante los cuadros.

Lapausa es hija de vigilante, ella misma lo ha sido, y estudió Periodismo “con el deseo de seguir siempre en el Museo del Prado”. Es hija de las tradiciones de la pinacoteca, y ahora cuenta sus avatares y sus tesoros. Su padre es el origen de la pasión que respira.

De su época de vigilante, Lapausa recuerda: “Tenía tiempo para memorizar mis exámenes, para contar los pasos que daba en torno a los cuadros en la sala que me correspondía”. Su cuadro favorito, mientras vigiló y ahora, es Cristo crucificado, de Velázquez. En general, el arte transmite paz. “Aunque si te enfrentas a El jardín de las delicias…”.

Antes de que se dispersaran por las salas, algunos de los encargados de asegurar la vigilancia explicaron cómo es vivir entre tantas delicias. Virginia Garde López, que se incorporó el pasado diciembre como coordinadora gerente de Desarrollo de Públicos y Seguridad, siente que “es un premio” estar aquí. Y su cuadro es La lechera de Burdeos, de Goya.

La pasión de Mari Carmen González (vigilante desde 1983) es Velázquez, “su luz”. Y del museo también ama las horas de la mañana, “el silencio”. Beatriz Heras (en el Prado desde hace 15 años) echa de menos el silencio ante los cuadros, y su preferencia (como para Semprún, por cierto) es Patinir. Y El jardín de las delicias, “con su miedo al daño, tan indefinible”. Soledad Martínez (desde 1987) ama la pintura del XIX, los cuadros de Sorolla, “el aire de luz y color que hay en su obra”. Ramón Miguel lleva cinco años. Considera el Prado “un alimento enorme”.

Cada uno de ellos siente miedo, orgullo, agobio, afecto o felicidad vigilando los tesoros que guardan. Alberto Bueno vigila desde diciembre (antes trabajó “en una ingeniería”). Tiene ahora a su cargo, precisamente, El jardín de las delicias. “La gente se aglomera, sorprendida”. Jünger lo vio a solas. Él vigila, una forma especial de mirar.

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