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Cultura - 4 semanas ago

Una cruel paradoja

La juvenil terna estuvo por debajo de la excelente nobleza de los novillos del Conde de Mayalde

Qué mala suerte que te toque un buen novillo en Las Ventas; sobre todo, si es de tan exquisita calidad en su embestida que más que novillo parece un cordero y más que noble hace las veces de tonto.

Qué cruel paradoja esta de soñar noche tras noche con ese animal al que le puedas hacer la faena de tu vida, esa que te encumbre y te abra las puertas de una alternativa de lujo; y que llegues a la plaza de Madrid y salga ese novillo bonito, un juampedro artista, bien hecho, mansurrón en el caballo, sosón en banderillas y repetidor, fijo y humillado en la muleta, y que embista veinte o treinta veces con esa calidad que soñaste. Que surjan los muletazos unos tras otro, con la mano derecha ahora y la izquierda después, y que no se oiga un olé en los tendidos.

Algo peor: que percibas que la gente se aburre, que bosteza y pide a gritos que acabes cuando antes con esa mortecina labor que a nadie interesa.

Qué mala suerte que te toque un buen novillo en Las Ventas y no seas capaz de hacer realidad el sueño de tu vida, pero así de dura es esta profesión.

Rafael González recibió a su primero de rodillas en los medios y a duras penas consiguió darle una larga afarolada; después, se plantó en el tercio, juntó los pies, y ofreció un recital de toreo de capa espectacular y torero en el que combinó aceptables verónicas, ceñidas gaoneras y una vistosa revolera final. El festejo no podía comenzar de mejor modo.

Pero llegó la prueba final e importante del examen cual es la faena de muleta. El novillo, que manseó con descaro en varas y acudió sin ganas a los rehileteros, embistió con sorprendente calidad, una y otra vez, al cite del joven torero. Sin chispa, con un toque de tontura animal, como un corderito fiel y amoroso, pero no se cansó de embestir. Y ahí radicó el problema: esos novillos exigen un artista exquisito, de los que son capaces de erigir en cada muletazo un monumento al arte del toreo. Y esa es una cualidad reservada a unos pocos elegidos.

Total, que Rafael González, primoroso con el capote, parecía el oficiante de un funeral de tercera muleta en mano. La gente se entretenía con las pipas, hablaba con el de los refrescos y se contaba sus cuitas mientras el novillo humillaba el hocico y no se cansaba de obedecer. Ni las bernardinas finales animaron al desalentado público. Algo parecido le sucedió en el cuarto, de menor calidad que el primero, pero igualmente bonancible, Una gran estocada final de efecto fulminante le permitió pasear una oreja que fue un premio excesivo.

Lo mejor de la lidia del lote de Marcos fueron los pares de banderillas de Domingo Siro, Miguel Martín y Fernando Sánchez. Puede parecer duro, pero la realidad no tiene vuelta de hoja. Se le ve al novillero experimentado, pero, como a su compañero, se le vio con escasas ideas y superado por la calidad de sus novillos. También dio muchos pases, pero ya se sabe que torear no es cuestión de números. Total, que tampoco Marcos demostró calidad a la altura de la dulce nobleza de sus oponentes.

Más elegante y asentado, Fernando Plaza inició su primera faena de muleta con estatuarios que hicieron albergar una esperanza baldía por la sosería del novillo y la aparente tristeza del torero. Mejoró ante el sexto, noble como sus hermanos aunque con menos movilidad, y Plaza dibujó algunos naturales de trazo largo y bella ejecución. Se oyeron entonces los primeros olés. El asunto no pasó a mayores porque el torero alargó la faena y cansó a la parroquia a pesar de sus buenas maneras.

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