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Cultura - 19.05.2019

Turbulencias en el rejoneo

Andy Cartagena y Sergio Galán cortaron sendas orejas en una tarde muy aburrida

La muy prestigiosa Feria de San Isidro no merece un espectáculo de rejoneo como el de ayer. Aburrido e insufrible son algunos de los calificativos que se le podrían aplicar por el juego desarrollado por los toros y las actuaciones de los caballeros.

Ya es hora de que se jubilen los toros de Fermín Bohórquez aunque cuesten más baratos que otros; y más de un rejoneador debiera ir pensando en el descanso a tenor del aburrimiento que provocan sus actuaciones. Practican el mismo rejoneo desde que tomaron la alternativa, no aportan nada nuevo al espectáculo, las mismas piruetas, los mismos trucos, las mismas carencias. Y los espectadores se aburren una barbaridad.

Así, entre unos y otros están acabando con un espectáculo que ha protagonizado páginas gloriosas del toreo a caballo. Hay que acabar de una vez con ese torete desmochado parado y descastado que más bien parece un juguete mecánico y sin vida, y sustituirlo por un toro de verdad aunque esté despuntado. Con los toros de ayer no hay toreo.

Y la labor de los rejoneadores suena a película antigua, conocida y vista cientos de tardes.

Andy Cartagena cortó una oreja gracias a los números circenses de sus caballos y no a su torería. Mejor estuvo Sergio Galán, sobre todo ante el codicioso quinto; destacó en los pares de banderillas a dos manos, y dejó retazos de su superioridad técnica; y Andrés Romero, de la escuela de Ventura, espectacular y animoso, estuvo muy poco acertado.

¿Emoción o ensoñación?

El buen toreo -el bueno de verdad- es un destello de luz tan fulgurante que hipnotiza, deslumbra y arrebata.

Y se da a conocer con tan escasa frecuencia que la plaza entera guarda silencio cuando se hace presente, los sentidos se afilan y se agitan los corazones.

Algo así sucedió el sábado cuando Pablo Aguado enseñó su torería y contó el prólogo de una tauromaquia eterna, clásica y conmovedora.

¿Emoción? Si lo de Las Ventas fue emoción, grado máximo de la belleza, ante un toro de nobleza pastoril y muy escasa fortaleza, ¿cómo habría que calificar lo acaecido días antes en la Maestranza, que fue toda una explosión de arte supremo?

Los detalles de Aguado fueron precisos y preciosos, pero detalles al fin que supieron, eso sí, a gloria bendita por desconocidos y deslumbrantes.

La silente y entendida afición madrileña disfrutó, y de qué modo, con una suerte de fantasía, un aperitivo, unas gotas del arte del toreo. Conoció lo que se podría llamar una ensoñación de la belleza.

Pablo Aguado es más. O eso, al menos, fue lo que demostró en Sevilla. Madrid solo pudo soñar el toreo con unas pinceladas mágicas. Ojala pronto le salga un toro de encastada nobleza y el sevillano pueda desgranar los capítulos centrales -y verdaderamente emocionantes- de un arte para que el parece elegido desde su nacimiento.

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