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Cultura - 19.06.2019

“Soy un superviviente de la edad dorada del periodismo”

El periodista, que ha publicado en español ‘Reportero’ (Península), asegura que ha escrito sus memorias “por accidente”

El despacho de Seymour Hersh (Chicago, 82 años) es todo eso que un mitómano del periodismo podría desear: pequeño, austero y desordenado, con decenas y decenas de carpetas apiladas en el suelo. Fotos en blanco y negro, archivadores, periódicos amarillentos. Algunos premios cuelgan en la pared junto a reseñas de sus libros, una máquina de escribir antigua reposa sobre un armario y su bolsa de trabajo, una cartera de piel marrón gastada, se oculta bajo un mar de papeles. Hersh no graba entrevistas ni digitaliza los contactos para proteger a sus fuentes. Si no fuera por el ordenador de sobremesa, parecería este un viaje en el tiempo de medio siglo. Entonces, un treintañero Hersh destapó la barbarie de My Lai, durante la guerra de Vietnam. Ganó el Pulitzer. Después investigaría el Watergate, exploraría el lado sórdido de los adorados Kennedy y haría públicas las torturas de Abu Ghraib en Irak.

Hersh habla como una metralleta, salta con pértiga de un asunto a otro, intercala frases estruendosas, que requerirían una aclaración, pero le llevan a otra galaxia temática de la que cuesta traerle de vuelta. Está promocionando sus memorias, Reportero (Península), escritas por accidente: tenía un contrato para un libro sobre Dick Cheney, pero sus fuentes se amilanaron en el último momento por la cruzada que el Gobierno había emprendido contra las filtraciones. En vez de devolver el adelanto de la editorial, prefirió hablar de sí mismo. Hersh está considerado, junto a Bob Woodward, el gran periodista de investigación de su generación, de varias, en realidad. Azote de las versiones oficiales, lo suyo es caza mayor: de Kissinger a Bush, de Nixon a Obama.

A la pregunta de por qué no escribe de Trump, remite a su investigación sobre los ataques con gas sarín en Siria en 2017, que Washington y otras grandes potencias atribuyen a Bachar el Asad. “Escribí una historia diciendo que había muchas razones para pensar que no venía de Siria, pero no se publicó en EE UU”, lamenta. “Así son las cosas, es muy loco, tengo cosas mejores que hacer que luchar contra la prensa que quiere aferrarse a lo que cree”.

Sus pesquisas sobre los ataques químicos de 2013 también generaron recelos, pero el gran divorcio entre el viejo sabueso y los editores estadounidenses se produjo en 2015, cuando desmintió la versión oficial sobre la muerte de Bin Laden. Escribió que el líder terrorista estaba preso en Pakistán desde 2006, que Arabia Saudí pagaba el cautiverio y que, cuando Washington lo descubrió, pactó con Islamabad poder ejecutarlo. Ni The New Yorker ni The New York Times, medios en los que había trabajado Hersh, publicaron el artículo, que salió en London Review of Books y resultó muy cuestionado por las fuentes anónimas o indirectas.

“Y yo permitiré con gusto que la historia sea la juez de mi obra reciente”, escribe en el libro. Pero la historia puede no darle esa oportunidad, en periodismo la verdad no basta, es necesario probarla. Y las leyendas del oficio no se libran.

Hijo de inmigrantes judíos de la Europa del Este, Hersh se crió en una zona obrera de Chicago, donde su padre regentaba una tintorería. Estudió algunos trimestres de Derecho con poca vocación y se puso a trabajar en un Walgreens hasta que, a través de un amigo, supo de la oferta de puestos de aprendiz de periodista y probó suerte en la agencia de noticias de la ciudad.

Hersh se siente, como explica en el libro, “un superviviente de la era dorada del periodismo”. “Los que trabajábamos en prensa escrita no teníamos que competir con canales de noticias de 24 horas, los periódicos nadaban en la abundancia gracias a los ingresos por publicidad y anuncios clasificados, y yo tenía libertad para viajar adonde y cuando quisiera”.

Las más de 400 páginas de sus memorias recogen ese estilo de trabajo en peligro de extinción, incluye episodios sorprendentes, como cuando Lyndon B. Johnson defecó en la carretera ante un periodista del Times, Tom Wriker, para mostrarle desprecio por su “análisis periodístico”, o la noticia que no escribió, sobre el maltrato del presidente Nixon a su esposa, algo de lo que se arrepiente.

Tiene un hijo reportero al que no da consejos. “Nunca me habla de su trabajo, y yo no quería que se dedicara a esto”. ¿Por qué? “Por la dureza”. A los reporteros que no son sus hijos, en cambio, sí les recomienda que “lean antes de escribir y que se quiten de en medio de la historia”.

Lamenta el acercamiento entre periodistas y políticos y la fascinación por los gobernantes, pero lo que más le preocupa, asegura, es la economía de esta industria. “No hay dinero, ya no se puede gastar tanto en una historia, el periodismo de investigación no está muerto, medios como The New York Times hacen cosas, pero tienen muchas dificultades”. También critica el foco que los medios estadounidenses han puesto en la injerencia de Rusia en las elecciones. “Le digo que hay una contrahistoria ahí”. El viejo sabueso, sepultado de papeles en su pequeña oficina de Washington, sigue hambriento de exclusivas.

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