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Cultura - 07.05.2019

¡Silencio, un torero!

Una ruinosa corrida de Juan Pedro Domecq desluce uno de los carteles de la feria

El reloj de la plaza marcaba las siete y seis minutos de la tarde. Corría una ligera brisa. De pronto, se hace el silencio en la Maestranza. ¿Qué pasa? Pues que un torero se dispone a torear. Expectación. Casi 11.000 personas fijan su mirada y su alma y guardan el absoluto silencio que merece la esperanza de un destello de arte.

Era Diego Urdiales quien, capote en mano, en el tercio de varas, trataba de engañar al viento para abrir de par en par su condición de artista. Y sucedió que, con despaciosidad, elegancia y buen gusto, dibujó tres verónicas excelsas que cerró con una media de cartel. Y el disfrute se desparramó por los tendidos.

Hacía pocos minutos que el mismo torero había recibido a este primero con otro ramillete de preciosas verónicas, y tras saludar Pirri en banderillas, la Maestranza entera de disponía a descubrir a ese artista con carnet de La Rioja.

Naturalidad, elegancia, prestancia… desprende este torero en sus andares por el albero. Y todo lo ejecuta con regodeo interior y pasmosa lentitud que no es la antesala del aburrimiento sino del pretendido éxtasis.

Pero no había toro. Bueno, no lo hubo en toda la tarde. Se anunciaron seis de Juan Pedro Domecq y salieron seis ruinosas masas de carne, nobilísimas, eso sí, pero inválidas o enfermas.

Pero había torero, afortunadamente. Y Urdiales tomó el pincel de la muleta, saboreó el marco sevillano y trató de pintar una obra con un motivo inexistente. A pesar de ello, de su inspiración surgieron llamativos colores en gotas de torería, con trazos largos y hermosos por ambas manos, intermitentes todos, aislados, también, pero suficientes, a veces, para saciar el alma. Tres naturales fueron largos y hermosos; elegantes los derechazos, y una armoniosa tanda final con la izquierda a pies juntos fue la firma de lo que debió ser una gran obra. Pero no hubo lugar al entusiasmo ni faena grande. Hubo relámpagos de toreo, buen gusto, aroma… Y no pudo reeditar su loable intento ante el insufrible quinto.

No quiso Morante que un riojano le enseñara los secretos de la pintura. Excelente fue el toreo de capote con el que saludó a su primero, un toro con cara de becerrote y aire cansino y apagado, y no hubo más. Se arrebató, después, ante el sobrero cuarto, astifino y de lánguida condición. En actitud muy voluntariosa y arropado por un público fidelísimo, Morante combinó muletazos enjundiosos con otros atropellados y enganchados. La faena fue larga y no consiguió alcanzar el vuelo que los tendidos soñaron. Tanto fue así que muchos recriminaron a la banda de música su silencio, cuando fue el director de los pocos que entendió con acierto que aquellos detalles no merecían el acompañamiento del pasodoble.

Manzanares pretendió justificar ante el último, el único que se movió, su supuesta inhibición ante el tercero. Despegado y triste se mostró ante este, sin mensaje alguno en su toreo.

Y salió ante el sexto con deseos de ganar para sí una tarde que parecía perdida. Se lució el picador Chocolate en la ejecución de dos buenas varas, saludó el banderillero Daniel Duarte, y el jefe de filas lo intentó de veras, dio muchos pases, algunos de elegante factura, pero a toda su labor le faltó hondura y fondo.

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