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Cultura - 4 días ago

Retrato de la impotencia

No hay psicologismo en Beautiful boy; explicaciones, porqués ni soluciones. Solo hechos. Y fracasos. Una y otra vez

El caso de Nic Sheff y David Sheff debe ser único en el mundo: en el de las drogas y en el de la literatura. Hijo adicto a la metanfetamina y a un largo rosario de estupefacientes, a la autodestrucción y al vigoroso chute de la nada, y deshecho padre de la criatura, comprometido, desorientado, derrumbado, ambos acabaron escribiendo sendos libros independientes, y de gran éxito, sobre su experiencia en el infierno, el de la toxicomanía y el de la paternidad infortunada. Beautiful boy, primera película americana del belga Felix Van Groeningen, está basada en sus textos. Y se notan los conocimientos, las vivencias, la delicadeza, el dolor y la falta de explicaciones. Y todo se agradece.

Para ello, Van Groeningen utiliza una (des)estructura narrativa basada en continuos saltos en el espacio y en el tiempo, pero no en forma de convencionales flashbacks, sino de rupturas del continuo secuencial a base de insertos del pasado, incluso de diálogos en off, de otro tiempo, que se incrustan en la imagen del presente, otorgando así a la película una lectura alternativa y metafórica, acorde con lo que se está relatando: en el mundo de las drogas no hay presente ni pasado, todo es una especie de círculo vicioso donde el suplicio y el éxtasis siempre regresan o están a punto de regresar. En la mente, en el cuerpo. Casi a la manera de las películas de Nicolas Roeg, aunque sin llegar a la maestría del autor de Contratiempo, ofreciendo lo que está en la cabeza de los personajes, pero sin apartarse del discurrir natural de lo acontecido.

No hay psicologismo en Beautiful boy; explicaciones, porqués ni soluciones. Solo hechos. Y fracasos. Una y otra vez. Y que cada uno saque sus conclusiones: sentimentales, emocionales, sociales, familiares. El que debía ser “gran proyecto vital” de un padre responsable yace con los brazos perforados por la jeringa, la búsqueda y la desesperación. ¿Por qué? Porque sí. La plaga contemporánea de la heroína en EE UU no entiende de clases sociales. Y la película tampoco, sin concesiones, evitando una falsa luz al final del túnel, y asentada en las formidables actuaciones, tan distintas, tan complementarias, de Steve Carell y Timothée Chalamet.

Al trabajo de Van Groeningen, más complejo y trascendente que el de la tan celebrada como meliflua Alabama Monroe (2012), solo le sobra cierto remilgo en los últimos minutos, cuando los cantos celestiales se apoderan de la banda sonora y las imágenes pedían silencio, sequedad y tortura. Pero la película es terrorífica como retrato de la impotencia. Y en un tema así eso es perfecto.

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