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Cultura - 21.05.2019

Qué miedo el niño fanatizado de los Dardenne

La película ‘El joven Ahmed’ bucea en la vida de un crío de 13 años al que le ha comido el tarro un imán yihadista

El cine de esos gemelos belgas llamados Jean-Pierre y Luc Dardenne siempre ha preferido la realidad a la ficción, habla de seres reconocibles en situaciones que les acercan a la marginalidad o a seres perseguidos por la ley, personas a las que le ha tocado la peor parte en el país donde reside el Parlamento Europeo. A estos directores no les interesa el glamur, prefieren el naturalismo, no recuerdo que exista un mínimo sentido del humor en sus películas, practican un verismo que puede resultarnos muy incómodo, casi siempre utilizan a intérpretes desconocidos o a gente de la calle, su forma de rodar es austera, están convencidos de que el cine puede ser un instrumento de denuncia, se erigen en altavoz de los perdedores cotidianos. No me suelen apasionar, pero respeto lo que hacen, poseen conciencia social y honestidad. Quiero pensar que todavía disponen de cierto público en medio de la crisis irretornable que atraviesan las salas de cine. Pero la factura y el mensaje de sus películas no facilita su supervivencia en el mercado actual. Lo tienen tan crudo como sus personajes. En los festivales siempre han sido bien acogidos y también premiados. Y Cannes les prodiga un mimo especial desde que hace 20 años ganaran la Palma de Oro con Rosetta.

En El joven Ahmed los Dardenne bucean en la personalidad de un crío de 13 años, de madre belga y padre árabe, educado en un ambiente occidentalizado. Pero este niño solo alberga el deseo de matar a su profesora. Le ha comido el tarro hasta límites perversos la doctrina yihadista de un imán. Este niño trágico practica de forma clandestina y férrea las abluciones, la lectura sin tregua del Corán, los rezos, la misión en su fanatizado cerebro de acabar con los infieles, los heterodoxos, los pecadores. Y no ha crecido en un mundo intolerante, no le ha faltado el calor familiar. Por ello todo resulta mucho más inquietante, puede responder al perfil de esos lobos solitarios que no están controlados y que en cualquier momento son capaces de desatar el infierno.

Y el Estado intenta reeducar a este fanático después de que fracase la misión de asesinar a su mentora, pero nadie es capaz de extirparle las raíces del mal, ni siquiera el amor de una chiquilla a la que él también desea pero a la que considera una pecadora. Y, por supuesto, para que te adoctrinen hay que estar dispuesto a ello. Y el poder de seducción de algunos imanes que saben cubrirse a sí mismos, puede crear robots exterminadores. Los hermanos Dardenne me crean desasosiego con esta criatura dispuesta a lo peor en nombre de la fe, del servicio ciego a su único Dios.

Isabelle Huppert tal vez sea la actriz más admirada del cine europeo. Y para muchos y cultivados espectadores supone una garantía de que les va a interesar el cine que protagoniza. No dudo de su gran talento ni de su fuerte personalidad, pero casi siempre me resulta cargante, hay algo que me distancia de ella. En fin, cosa de manías, de piel, de prejuicios. La Huppert acostumbra a embarcarse en un cine vanguardista, con pretensiones de trascendencia, intenso emocionalmente, con directores arriesgados, o exóticos, o con prestigioso crédito, pero que a mí, con excepciones, me provocan reserva o rechazo. En Frankie, dirigida por Ira Sachs, interpreta a una actriz que al saber que el cáncer va a acabar con ella en unos meses, se reúne con su marido, su hijo, la anterior familia de su marido y sus amigos para pasar unas vacaciones en Sintra que supondrán la postrera despedida. El tema es sentimental y está desarrollado con contención dramática, pero en ningún momento logra implicarme. La veo desde fuera y rápidamente la olvido.

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