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Cultura - 21.05.2019

No vengo a hablar de mi libro

Diez autores latinoamericanos nos cuentan qué llevan en la maleta. Decenas de referencias cruzadas dibujan los mapas más personales de la literatura actual

Reunir a más de un centenar de autores en tierras volcánicas no desata riesgos de seísmo, aunque uno de grado 6,1 en la escala de Richter nos dio la bienvenida en Costa Rica horas antes de la inauguración del festival Centroamérica Cuenta, el pasado lunes. Pero sí sirve para sacudir estanterías, revolver títulos y levantar un nuevo orden librero entre decenas de referencias nuevas. Nunca se vuelve a casa con el mismo contenido en la maleta, en sentido real o figurado, sino con propósitos nacidos precisamente en los encuentros y descubrimientos.

Bajo el principio de que no van a hablar de su libro, diez de los autores participantes en el festival nos cuentan qué están leyendo, qué trajeron hasta aquí o qué se llevan a casa. Que es otra forma de conocerlos. El resultado es un sudoku sin solución, con nombres nuevos y viejos, importantes reflexiones sobre la mujer y una sorpresa: un futuro Quijote de la mano de Salman Rushdie.

1. Los centroamericanos.

El Quixote de Rushdie es un manuscrito que Gioconda Belli, amiga personal del autor, ha terminado de leer y que califica de «bien mágica, con reflexiones bellísimas». No hay novelas de caballería ni molinos convertidos en gigantes en la versión del autor indio-británico, sino una obsesión por los programas de televisión y una Dulcinea materializada en una mujer salida de la pequeña pantalla. La autora nicaragüense también ha recuperado un libro de Eugenia Rico, La muerte blanca, una reflexión sobre la pérdida que defiende como «una meditación profunda, de lo mejor que he leído».

El salvadoreño Horacio Castellanos Moya, referencia clave en la literatura latinoamericana actual, está leyendo El libro contra la muerte, de Elías Canetti, un libro «cargado de aforismos y notas que no tenía en otros»; la biografía Nicanor Parra, rey y mendigo, de Rafael Gumucio «con la peculiaridad de que es un libro de escritor a escritor, sin reverencia»; y un joven peruano, Francisco Ángeles, Austin,Texas 1979. “Siempre me gusta leer a algún joven, buscar voces nuevas, y esta es una novela fresca”, dice el autor de Moronga.

Sin salir de Centroamérica, el costarricense Carlos Cortés también está buceando en una recuperación particular. Se dice obseso de las traducciones y por ello está devorando la nueva realizada por Lydia Kúper de Guerra y Paz. Inmerso él mismo en la finalización de una novela histórica, se despeja así con Tolstói y también con Paul Celan. También acaba de leer Mañana tendremos otros nombres, de Patricio Pron, recién galardonado con el Premio Alfaguara, que presentó estos días en San José de Costa Rica y que le ha gustado.

2. En plena gira.

El autor argentino está precisamente en un momento lector difícil, cuenta, saltando de país en país de promoción y lejos de sus libros en Madrid. Pero con él viajan estos días Canciones para el infierno, los cuentos recién publicados por Juan Gabriel Vázquez, Rabia, de Sergio Bizzio, recuperada recientemente en Argentina y otras joyitas que ha ido encontrando en su gira americana. Somos luces abismales, de Carolina Sanín y un descubrimiento: Un librero, de Álvaro Castillo, un librero de viejo que narra sus hallazgos en dedicatorias, fajas y curiosidades y que descubrió en Colombia.

En un camino inverso, la mexicana Guadalupe Nettel acaba de volver de Italia y España y anda atrapada en Lectura fácil, de Cristina Morales, Un apartamento en Urano, del filósofo trans Paul B. Preciado.También se ha traído Esa bruma insensata, el último de Enrique Vila-Matas.

También regresa de Europa la argentina Claudia Piñeiro, y lo hace con la maleta cargada, como siempre, de libros de aquí y de allá: Los tiempos del odio, el último Bruna Husky de Rosa Montero. Los crímenes de Alicia, último premio Nadal, de su compatriota Guillermo Martínez, No permitas que mi sangre se derrame, un policial «buenísimo» de Juan Carrá, y una dosis feminista para una autora, Piñeiro, que se ha convertido en referente de la lucha por el derecho al aborto en su país: Acoso, ¿denuncia legítima o victimización?, de Marta Lamas.

3. El círculo Luis Chaves.

Pero estamos en Costa Rica y el poeta costarricense Luis Chaves (San José, 1969) es el territorio común que ha convencido a varios autores de su generación que han comprado aquí sus libros y le citan con expectación: los bolivianos Liliana Colanzi y Edmundo Paz Soldán se llevan Los animales que imaginamos y Falso documental, respectivamente, como el colombiano Juan Cárdenas, que ha comprado Chan Marshall, y la chilena Alejandra Costamagna, que se lleva Vamos a tocar el agua.

Costamagna, flamante finalista del Premio Herralde de Novela con El sistema del tacto, también cita apasionada un ensayo de Florencia Garramuño, Mundos en común, un ensayo sobre el arte contemporáneo en la que las fronteras se vuelven difusas y la literatura dialoga con las artes visuales. También lee una antología editada en México, Tsunami, con relatos de Brenda Lozano, Cristina Rivera Garza o Verónica Gerber que dibuja la dimensión política y pública que ha adquirido la vida privada de la mujer en esta etapa de reajuste y reivindicación de la igualdad; Cuaderno de faros, de la mexicana Jazmina Barrera, «un ensayo sobre los faros en distintos puntos del planeta y una reflexión a partir de ellos sobre la escritura y el último bastión que nos ilumina».

Cárdenas también tiene la maleta cargada: Regreso a Reims, Didier Eribon, un teórico de los estudios queer y LGTBI que se da cuenta de que lleva toda la vida reflexionando sobre la vergüenza gay y no sobre la vergüenza de clase; «me ha dejado impresionadísimo». El diario de sueños, de Michel Leiris, Bitácora del SS El Señora Ungüentín de Stanley Crawford, «que me han regalado aquí en Costa Rica y me está pareciendo espectacular»; y el citado Luis Chaves.

Liliana Colanzi, que ya dio buenas señales al alabar en su charla Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor, y En el cuerpo una voz, de Maximiliano Barrientos, lee estos días Derrame de petróleo en Losotho, de Guillermo Barquero; Paisaje con dromedario, de Carola Saavedra; Mi desamor es una dulzura invaluable, antología de mujeres jóvenes, Mercurio en primavera, de Byron Salas, además del citado Chaves. Además acaba de leer Women talking, una novela de Miriam Toews sobre violaciones colectivas a mujeres y niñas en Bolivia. «Plantea preguntas muy relevantes de manera lúcida, curiosamente divertida y por momentos sublime».

El marido de Colanzi, el también boliviano Edmundo Paz Soldán, se lleva Mar caníbal, de Uriel Quesada, La lucidez del miope, de Carlos Fonseca, y Chaves. Acaba de leer La sexta extinción, de Elizabeth Kolbert, «un libro tan deprimente como estimulante sobre el cambio climático».

Y 4. Una gestora cultural.

Y he aquí las lecturas, no precisamente de una autora, sino de una de esas devoradoras de libros que tienen las claves de un próximo festival. Si quieren pistas de un futuro Hay de Cartagena, una de las grandes citas anuales junto con este Centroamérica Cuenta, la FIL de Guadalajara y otras ferias como las de Buenos Aires y Bogotá, conozcan las lecturas de su directora, Cristina Fuentes La Roche: Cambiar de idea, la nueva novela de Aixa de la Cruz; Climate justice, de Mary Robinson; y Verdolatría, de Santiago Beruete.

Tal vez estos libros abarroten las maletas del próximo festival.

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