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Cultura - 08.06.2019

Millares se retrata en 100 dibujos

El Centro Botín reúne en Santander una selección de las obras en papel que destilan el carácter combativo del artista canario

En un momento de la vida, Manolo Millares dio rienda suelta a sus ideas como a una cometa y así consiguió sobrevolar su tiempo. De esta forma el impulso creativo del artista canario pudo discurrir libre por las estrecheces de la dictadura franquista, contra la que combatió en silencio pero sin desánimo. «No fue un guerrillero, pero nunca, nunca abandonó la denuncia», recuerda su hija Coro. Una colección de 100 dibujos da cuenta de su contribución a la exaltación de esta disciplina y, sobre todo, pone al desnudo el carácter contestatario que trasladó a sus obras, su compromiso y lucha constante con el momento histórico que le tocó vivir. La exposición El grito silencioso. Millares sobre papel, que acoge el Centro Botín en Santander, se adentra en el universo más inconformista del artista (Las Palmas de Gran Canaria, 1926-Madrid, 1972).

El artista que no titulaba sus dibujos, algunos de los cuales ni siquiera firmaba ni databa, dejó una producción ingente en papel que se truncó tempranamente, a los 46 años de edad. La selección expositiva ha exigido una laboriosa búsqueda entre bocetos y estudios «olvidados» que conservan la viuda e hijas de Millares. La muestra contiene 82 piezas que pertenecen a la familia, unos 15 han sido cedidos por coleccionistas privados y el resto son propiedad de entidades como el Reina Sofía, el Centro Atlántico de Arte Moderno, el Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife, Cajacanarias o la Fundación Juan March. De la colección familiar, aproximadamente la mitad no habían sido expuestas hasta hoy. Se estrenan en Santander.

El grito silencioso, abierta del 8 de junio al 15 de septiembre, repasa en exclusiva su faceta como dibujante y recorre cronológicamente las distintas etapas de su vida, poniendo un empeño especial en la parte final de su vida, «la más poética, brillante, viva y luminosa» del autor, describe María José Salazar, comisaria y asesora en artes plásticas de la Fundación Botín, quien hace hincapié en Millares como «referente ético» y «persona íntegra y muy culta»..

El Millares aprendiz, que dibujaba de niño y adolescente cuando vivía «aislado» en el archipiélago, se toma en serio su profesión cuando, fruto de una búsqueda incesante por las corrientes artísticas de la época, le lleva a interesarse por Miró, Dalí o Torres García y traza sus primeros dibujos de corte «muy académico y naturalista», dice la comisaria Salazar. Son de entonces los autorretratos, los trabajos de trazo suelto y figurativo. También la serie Manos, hechas con bolígrafo azul, y a las que su hija mayor, Eva, residente en Australia, dedica un elogioso recuerdo: «Cuando evoco la imagen de mi padre, lo primero que me viene a la cabeza son sus manos… Esas manos aprendieron su baile sobre el papel, mucho antes de que nacieran dentro de mi padre otros Millares».

En una acuarela con salpicaduras de tinta china del año 1953, Millares incrustó en sus dibujos la poesía, otra de sus grandes pasiones: «Hoy empujo yo libremente el propio carro de mis ideas hacia donde la cometa de mis sueños se remonta brillante en el espacio», escribió en una pieza con guiños a Dalí.

El artista canario, polifacético, de quien se distinguen sus trabajos con arpilleras y sacos rasgados, alcanza su «madurez artística» en 1955, cuando decide trasladarse a Madrid, ya emparejado dos años antes con Elvireta Escobio. De esta etapa se muestran 12 trabajos, donde «abandona la apariencia y la figuración para adentrarse en la abstracción», explica Salazar. Sus pinturas sobre papel alcanzan plenitud mediante trazos en los que «predomina el gesto y el negro es el color dominante», comenta la comisaria. Son los años en los que se integra en el movimiento El Paso y perfila su carácter combativo.

Millares llega a la plenitud artística en 1964, donde arranca una etapa «plena y de total madurez» en la que acentúa su «rebeldía y protesta» contra el régimen. «Eso se manifiesta en la potencia y la fuerza del trazo», sostiene Salazar, «además de la agresividad del color en toda su producción». 31 dibujos forman esta tercera escala del recorrido expositivo y vital del autor. En esos años crea Mutilados de paz o Artefactos para la paz, con el negro muy presente, fruto también de su admiración por Francisco de Goya. El luto también preside algunas obras como reflejo de la depresión que le causó la muerte de su padre.

Los 33 dibujos de la etapa final (1969-1971) son una explosión de luminosidad. Millares, que esos años comenzó a vestir siempre de blanco, da un giro expresivo a sus trabajos para hacerlos más poéticos y enérgicos. La tinta china sobre fondo blanco, con animales descompuestos, formas amorfas, distorsionadas, sugerentes. También se inspira en la arqueología canaria. Y en los poemas, dos de Manuel Padorno escritos de forma transversal y sobre los que dibuja figuras barrocas. Un año antes de su fallecimiento a causa de un tumor cerebral es cuando crea la serie Mussolini (1971), en la que plasma de forma desgarradora el final de este personaje, colgado tras su ejecución en la plaza del Duomo de Milán junto a su amante, Clara Petacci.

Hay una frase del autor, de 1959 y que resume el espíritu que iluminó su quehacer artístico: «El arte no debe serlo porque agrade (que no andamos en tiempos de buenas digestiones ni de reír por tonterías), sino más bien porque duela rabiosamente. Nada de explicaciones o entendimientos. El arte no puede ser el cómodo asiento de lo intangible, sino el camastro pavoroso de los pinchos donde nos acostamos todos para echarle un saludo intemporal a la guardadora muerte».

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