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Cultura - 13.07.2019

Mahler Chamber: otra forma de hacer música

La orquesta que creó el director italiano Claudio Abbado en 1997 reivindica su talante democrático y versátil. Estará presente en los cuatro grandes festivales de verano españoles

El poderoso y delicado influjo de Claudio Abbado se deja sentir hoy con fuerza entre los músicos de la Mahler Chamber Orchestra. Una herencia cultural intangible, pero que se percibe con el oído en la última orquesta que formó el director italiano. Una manera de hacer música. Una identidad. Y todo eso podrá comprobarse este verano en los cuatro grandes festivales españoles donde actúa la formación. Ayer viernes clausuraron en Granada, con Pablo Heras-Casado y después en la Quincena de San Sebastián, Santander –donde inauguran el Festival Internacional-, para terminar en el Castell de Perelada.

La flexibilidad es una de sus marcas. Tanta que durante su gira actuarán con tres directores diferentes y ejecutarán un repertorio dispar. Abren con Heras-Casado, continúan con el checo Jacub Hrusha y finalizan con el hispano-venezolano Gustavo Dudamel. En Granada eligieron ritmo, vanguardia y potencia telúrica con El sombrero de tres picos, de Falla o la Pulcinella, de Stravinski… “Hasta ahora, Falla les era completamente ajeno”, comenta Heras-Casado en un descanso del ensayo que tuvo lugar el jueves en el Auditorio dedicado al compositor andaluz. Aparte del concierto, el director presenta un nuevo disco grabado con la Mahler Chamber y la obra citada en el sello harmonia mundi. “Precisamente por eso quería hacerlo con ellos. Sé que aportan una visión radical. Se meten a fondo y lo exprimen sin miedo al riesgo”.

En poco más de veinte años de trayectoria, la orquesta se ha asentado y ha demostrado que existe otra manera de gestionar formaciones y hacer música. No cuentan con un director titular. Las decisiones importantes se adoptan por mayoría. Impulsan proyectos con solistas y batutas que realmente eligen por afinidad artística. Son asombrosamente amoldables con lo que realmente desean interpretar y resulta raro que evadan retos. “La orquesta es libre, realmente hace lo que quiere y eso se escucha”, comenta Aglaja Thiesen, responsable artística.

Ella tiene muy claro el carácter de esta formación un tanto atípica en su gestión y funcionamiento pero muy moderna en su planteamiento: “Es una orquesta para el siglo XXI”, asegura. “Con los preceptos que inculcó Abbado muy claros: basada en la escucha constante”. Era parte del ideario fundamental del maestro milanés, fallecido en 2014. Creían en la orquesta como una metáfora social de diálogo colectivo, muy pendiente del método camerístico en el que cada cual debe agudizar el oído para lo que hace quien tiene al lado y acompañarle. “Eso ha tratado de transmitirse desde la generación precedente a los más jóvenes”, comenta Thiesen.

Entre el entramado internacional que componen sus más o menos 50 músicos habituales –que pueden llegar a 70 con refuerzos, según los repertorios-, se cuentan 17 nacionalidades. Entre ellos, dos españoles que representan tanto a los veteranos como a la nueva hornada. Es el caso de Júlia Gallego y Rodrigo Moro. La primera es flauta, tiene 46 años y toca con la orquesta desde 2002. El segundo es un contrabajo de 28 años y acaba de llegar en 2018. “Los veteranos sí nos saben transmitir el espíritu de lo que hacen”, comenta Rodrigo. Y en él sobrevuela sin pausa la enseñanza de Abbado: “Era mágico, con esa forma de dibujar la música que tenía, con tan poca gravedad y muchísima elegancia”, recuerda Gallego.

Crear la orquesta fue una necesidad biológica. Su precedente, aun en funcionamiento, es la Joven Gustav Mahler, donde actualmente tocan un 30% de músicos españoles de la nueva generación. A medida que los primeros integrantes crecieron, decidieron seguir. Por eso Abbado les propuso formar otra en homenaje al compositor que tanto amaba pero sin el apelativo de joven.

En aquella última etapa supo tomar distancia y disfrutar plenamente de la música. Había abandonado por enfermedad la Filarmónica de Berlín en 2002 con un sobrecogedor Réquiem de Verdi. Nada más recuperarse de un cáncer que le habían diagnosticado sin muchas esperanzas, volvió: eligió la Segunda Sinfonía de Mahler, conocida como Resurrección. Lo hizo con la Orquesta de Lucerna, otro de sus últimos grandes proyectos, y se comprometió a fondo con la evolución de las dos formaciones Mahler creadas en los años noventa o colaborando con la Simón Bolívar. Fue plenamente feliz.

Así es como, ya a largo plazo, se ha ido consagrando esta iniciativa suya: “Y lo bueno, creo, es que no hemos perdido la espontaneidad ni la frescura”, asegura Gallego. Algo a lo que contribuye la nueva savia, con músicos como Rodrigo Moro, que alterna su presencia ahí con un puesto en la Orquesta Nacional de España. Al más joven le encanta escuchar las historias de Abbado. Presta atención, calla y luego ejecuta.

Algo que complace a Heras-Casado también. El director se sirve de todo ese potencial inconformista que despide la orquesta: “Cuando aprendes y dominas un vocabulario tan amplio como el suyo, no tienes miedo a nada”, asegura. “Disfruto de esta pasión que ponen por ir más allá. No me dan ni una sola nota complaciente. Huyen de toda comodidad o algo que se asemeje al lugar común”, asegura. “Así es como yo quería presentar a Falla: con todo ese descaro y radicalmente moderno”.

Pero no será lo único que interpreten. En Granada, aparte de Falla y Stravinski, llevan al contemporáneo húngaro Peter Eötvös. A San Sebastián y Santander, los días uno, dos y tres de agosto: Beethoven, Chopin, Mendelssohn, Dvorak, Kodály o Schumann y en Perelada, el día 10, sumarán con Dudamel a Mahler.

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