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Cultura - 19.05.2019

La verdad sobre la ‘bala perdida’ de Burroughs

Se publica en España el libro en el que Jorge García-Robles reconstruye el tenebroso suceso en el que el escritor ‘beat‘ mató a su mujer en 1951

Jorge García-Robles (México, 62 años) es la persona que mejor sabe qué pudo suceder el 6 de septiembre de 1951 en el apartamento de la calle Monterrey, 122 (México DF), donde el escritor William S. Burroughs (1914-1997) mató de un disparo a su mujer, Joan Vollmer. Lo investigó durante cuatro años, primero con el agente literario de Burroughs, James Grauerholz,  y después en solitario. El resultado es La bala perdida, obra de culto sobre los días en México del autor beat que ha tardado 24 años en llegar a España. Acaba de hacerlo de manos de la editorial La Moderna. La larga espera trae consigo la noticia de que los derechos del libro han sido adquiridos por una de las productoras de Narcos para rodar una serie sobre Burroughs, el escritor que más lejos ha llevado la relación entre literatura y droga.

En el capítulo más intenso del libro, García-Robles relata que aquel día fatídico, cuando el escritor y su mujer llegaron al apartamento de la calle Monterrey, se celebraba una animada reunión de amigos. La vivienda estaba llena de botellas de ginebra y refrescos vacíos. Después de dos horas y media, y mucho alcohol, Burroughs expresó el deseo de vivir en un rancho y cazar animales salvajes. «Eres demasiado vacilante como para dispararle a alguien», dijo Joan Vollmer. «Te voy a probar lo contrario», respondió él. «Es hora de hacer nuestro acto de Guillermo Tell, vamos a probar a los muchachos lo buen tirador que soy». Joan se incorporó del sofá, tomó su vaso de ginebra Oso Negro y lo colocó sobre su cabeza. Al hacerlo cerró los ojos, rio ahogadamente y dijo: «No puedo mirar, no puedo soportar la sangre». Entonces, a unos tres metros de distancia, su marido apuntó y disparó. Joan cayó al suelo. «Bill, creo que le diste», dijo Lewis Marker, invitado a la fiesta y amante del escritor.

La primera declaración de Burroughs en las oficinas del Ministerio Público de la Cruz Roja se ajustó a los hechos, pero tras reunirse con su abogado, Bernabé Jurado, pasó a sostener que «mientras examinaba la pistola con unas copas encima, esta se le había caído accidentalmente, y se había disparado sola», relata García-Robles. Fue también la versión que mantuvieron los testigos, aleccionados por Jurado, y después de 13 días en el penal de Lecumberri, salió en libertad. En diciembre de 1952, sin esperar a la celebración del juicio, huyó a Estados Unidos.

El interés de García-Robles por Burroughs, así como por el resto de la Generación Beat (Jack Kerouac, Lucien Carr o Allen Ginsberg), lo llevó a invitarlo a dar una conferencia en la Universidad Nacional de México en 1990. No tuvo éxito, así que optó por ir a visitarlo a Lawrence (Kansas). Se presentó con una botella de tequila Herradura. Junto al agente del escritor, James Grauerholz, y unos amigos, bebieron y fumaron marihuana y, cuando Burroughs lo decidió, todos le siguieron «en fila al jardín para disparar al blanco». Le apasionaban las armas de todo tipo. Sentía la necesidad de usarlas. Al llegar su turno se transformó, parecía 30 años más joven. Pese a haber bebido y fumado marihuana en grandes cantidades, «no pareció afectarle a la hora de disparar». Después de eso, Burroughs se aceleró como un adolescente, le mostró a García-Robles códices mayas y aztecas, lo invitó a disparar con una cerbatana africana, le mostró una navaja alemana con la que cortó papeles en tiras y finalmente lo llevó al estudio donde pintaba y escribía. Después siguieron bebiendo y fumando.

¿Una muerte accidental? 

A los 76 años su vida era muy rutinaria. «Se levantaba, desayunaba, se ponía a pintar o a escribir, a las dos de la tarde comía sanamente, y entonces comenzaba a fumar yerba y a beber vodka con coca cola», cuenta García-Robles desde México. El suelo de la cocina estaba lleno de botellas vacías de Stolichnaya. En sus siguientes visitas, en 1991 y 1992, la convivencia con Burroughs fue más cotidiana y tranquila: «Comíamos, platicábamos y veíamos la televisión».

A Burroughs no le gustaba hablar de su estancia en México entre 1949 y 1952. Si le preguntaba algo sobre el asunto, le contestaba con una o dos palabras. Por lo mismo resultó imposible hablar con él sobre Joan y su muerte. Solo una vez, durante el segundo viaje del investigador mexicano a Lawrence, cuando le preguntó si realmente creía que «un espíritu maligno» había matado a Joan y no él, tal y como afirma en su novela Queer,  le contestó «en tono enfático y hasta molesto que por supuesto sí».

Tal vez no de un modo claro cuando escribió el libro, pero sí hoy, García-Robles cree que «Burroughs mató intencionalmente a su mujer» y que todas las explicaciones que a lo largo de su vida dio sobre el asunto fueron para encubrir su responsabilidad, algo que probablemente nunca digirió ni superó del todo. Después de todos sus encuentros, García-Robles obtuvo la certeza de que Burroughs era una persona sumamente irracional que, sin embargo, no se pasaba de la raya salvo en una pocas ocasiones. Y una de ellas fue cuando le disparó a Joan. «Toda esa explicación barata de echarle la culpa al espíritu maligno me parece muy gratuita y hasta ridícula», zanja.

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