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Cultura - 16.05.2019

La innata torería

Buena disposición y entrega de la terna ante una muy deslucida corrida de Valdefresno

Hubo un momento en el que se encogieron todos los corazones; en especial, el de David Galván, que yacía en el suelo, solo ante el peligro de dos muy astifinos pitones que lo enfilaban como si fueran un rifle con mira telescópica. La peligrosa escena sucedió a poco de que el cuarto de la tarde saltara al ruedo. Pretendía el torero gaditano pararlo con el capote cuando en un lance perdió pie y quedó tendido a escasa distancia de la cara del toro; sería algo así como metro y medio, pero a él le parecería que tenía la testuz en la misma cara. La plaza quedó muda. El toro lo miró con detenimiento, en esa fracción de segundo que se torna una eternidad, y era evidente que sus intenciones eran llevarse por delante a su presa, que estaba allí, a sus pies, inmóvil. Sangre fría tuvo el torero, valor se llama eso, que esperó a que el toro iniciara su marcha fatídica para mover la tela con suavidad para desviar el camino de los pitones que amenazaban con rebanarlo contra la arena. Las Ventas respiró cuando Galván recuperó la verticalidad y la cuadrilla pudo alejar al toro del lugar de los hechos. A más de uno no le cabía la camisa en el cuerpo, y la cara del torero era un poema. Galván es un hombre valiente, pero no insensato. Y allí, en el suelo, el peligro era inminente.

No fue ese el único instante de peligro. Hubo otros causados por un viento constante y, a veces, racheado, que molestó en exceso y dejó al descubierto a los toreros; como fue el caso de Juan Ortega al recibir al quinto. Quedó prácticamente atrapado contra las tablas al no poder manejar el capote ante otro toro con aviesas intenciones.

Y otros muchos más momentos desesperantes producidos por una corrida mala de solemnidad, distraída, mansa en los caballos, sin raza, ni casta, ni movilidad, sin recorrido, con la cara por las nubes, con ese peligro sordo y gritón a un tiempo de las tardes para el olvido. No ofrecieron motivo alguno para destacar una sola cualidad de toro bravo.

Afortunadamente, la terna de jóvenes toreros no dio nunca la partida por perdida. A fin de cuentas, era su única oportunidad en esta feria, con la gravedad que ello conlleva para sus respectivas carreras. Pero ninguno de los tres dio un paso atrás, ninguno se escondió y los tres afrontaron con gallardía su negra mala suerte de una corrida infumable.

Quedó, eso sí, la huella de la torería del sevillano Juan Ortega, que da la impresión de que nació torero, pero, como nadie es perfecto, no tuvo puntería con el descabello. Falló reiteradamente, lo cual no está bien y desluce todos los argumentos de tan alta escuela como trae consigo.

No tuvo toros, como sus compañeros, pero tiene pinta de torero clásico, de arqueólogo de la pureza, esa que se transmite con rapidez a los tendidos aunque no esté ocurriendo nada aparentemente importante en el ruedo. Es el modo de moverse en la cara del toro, es la serenidad y confianza que transmite, cómo maneja los engaños… Tiene —al menos, lo parece— la despaciosidad en la cabeza, piensa en la cara del toro y todo lo que hace huele a torero. Qué pena que su primero fuera un animal apagado, y que el quinto se defendiera para impedirle cualquier intento de lucimiento. Hubo cuatro derechazos de categoría ante el primero, y un quite de dos verónicas y una media garbosa ante el cuarto; ahí acabó todo, pero su torería es innata. Eso sí, que se ejercite con el descabello porque suspendió con una nota muy baja.

Dispuesto, torero, valiente y sobrado de facultades se le vio a David Galván, que le ganó la pelea a su nada fácil primero ante el que trazo limpios muletazos por ambas manos. Quiere ser torero, sin duda. Lo es, aunque le persiga la mala suerte en los sorteos. Y nada pudo hace ante el violento cuarto.

No desentonó Joaquín Galdós, ilusionado, decidido y muy voluntarioso ante las dos birrias que tuvo que lidiar.

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