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Cultura - 02.03.2019

La gran aventura del buque del diablo

Ildefonso Arenas reflota en su última novela el crucero de batalla del Káiser ‘Goeben’ que llevó de cabeza a los Aliados en la I Guerra Mundial

¿Qué hacen una hélice y un ancla de un barco de la flota alemana de la I Guerra Mundial, la Kaiserliche Marine, la Marina Imperial, en exhibición frente al Museo Naval de Estambul? Son los restos de un barco de guerra memorable y testimonios de una de las grandes aventuras bélicas de todos los tiempos en el mar. Pertenecían al crucero de batalla SMS (Seiner Majestät Schiff, barco de Su Majestad) Goeben, que llevó de cabeza a sus enemigos, los Aliados, en el Mediterráneo a lo largo de la Gran Guerra. Durante la mayor parte de la contienda el barco combatió desde puerto turco y bajo nombre y pabellón de este país. El hombre que un poco más allá de la hélice y el ancla se acoda con salero en un cañón naval del exterior del museo que parece apuntar directamente hacia los transeúntes es el escritor Ildefonso Arenas (Madrid, 1947), autor de novelas como Álava en Waterloo —una genial reescritura de la batalla— o Tercera Cruz de Caballero —sobre un aviador español que luchó junto a los pilotos alemanes de la Luftwaffe—, y que en la última publicada, El buque del diablo (Edhasa), reflota al Goeben y su apasionante historia, estrechamente relacionada con Estambul. El título del libro, tan novelesco, procede de la prensa británica de la época, que bautizó así al crucero alemán (Churchill dijo que el Goeben navegó hacía los Dardanelos «llevando consigo para los pueblos de Oriente más miseria, muerte y ruina de la que nunca había sido llevada por un barco”). Los propios alemanes recogieron el apodo con orgullo: “Das Teufelschiff”.

La novela de Arenas, un asombroso tour de force como las anteriores que muestra como telón de fondo un completísimo y documentadísimo panorama de la alianza entre Turquía y Alemania durante la Primera Guerra Mundial, la actividad bélica en el Mediterráneo oriental —incluida la campaña de Gallipoli— y hasta el aciago destino de la Kaiserliche Marine (asistiremos al honorable auto hundimiento de la flota en Scapa Flow en 1919), tiene cuatro grandes protagonistas: el barco de guerra alemán, la ciudad turca y la joven pareja inventada que componen un oficial de la marina del Káiser, Rolf Wichelhausen, y su novia catalana. Esta última, Queralt Mir, hija de notario barcelonés y cuñada del agregado naval español en Estambul, desenvuelta, valiente, políglota y de una sexualidad sorprendentemente desinhibida para la época (y en realidad para cualquier época), es un verdadero hallazgo que, capaz de realizar tareas de espionaje, pasearse por el Gran Bazar con una Luger P08 en el refajo, surtir de panellets al Goeben y cocinar paellas junto al Cuerno de Oro, hasta se le come a veces la función al potente crucero imperial.

Arenas ha citado en Estambul para hablar de su novela y revivir la época histórica en que transcurre (de 1912 a 1920), recorriendo algunos de sus escenarios. En el museo naval, un centro moderno cerca del palacio de Dolmabahçe (donde murió Atatürk) que se espejea en el vecino Bósforo, nada menos, pueden verse, en una colección que incluye los famosos caiques dorados de los sultanes turcos, diversos objetos relacionados con el Groser Kreuzer Goeben. El más emocionante es su bandera de combate imperial (Reichkriegsflagge), con el águila y la cruz, que ondeó en los enfrentamientos que sostuvo el crucero de batalla con la flota británica, pero Arenas también señala pinturas y maquetas del barco. Cuando uno piensa en la flota alemana de la I Guerra Mundial lo hace sobre todo en los tan aventureros corsarios Emden, Wolf o el velero Seeadler, además de los submarinos, claro, como el U-9 de Weddigen. Pero la gesta del Goeben, que combatió también a la armada rusa en el Mar Negro y bombardeó Sebastopol, no les fue a la zaga.

“Siempre me ha fascinado esa historia, desde que la descubrí en 1962, al leer Cruceros de batalla de Manuel Ramírez Gabarrús (Editorial Naval)”, señala Arenas mientras se prueba una gorra de submarinista turco en la tienda del museo (compraremos dos). “Lo que más me impresionó y que recreo en la primera parte de mi novela fue la forma en que ese barco y su acompañante, el crucero ligero Breslau, dieron esquinazo en agosto de 1914 a la flota británica, la mejor del mundo, y consiguieron llegar al puerto de Estambul”. El novelista, al que hay que reconocerle el mérito de poner el Goeben en el altar de los buques de guerra literarios, la flota en la que navegan el HMS Ulysses, el Caine, la Compass Rose o la Surprise, narra de manera magistral, a lo Patrick O’Brian, para entendernos, ese episodio. Parece que estuvieras a bordo, tanto en el puente como en la sala de máquinas y en los cañones (“Feuer frei!”, ¡abran fuego!), observando en directo las geniales maniobras y fintas del almirante Wilhelm Souchon para escapar de la jauría de hierro enemiga mientras los barcos rivales burlados y vencidos transmiten desesperadamente la señal “GOBLO-GOBLO” (Goeben Breslau out), indicando que ambos buques han zarpado y andan sueltos sobre las olas en las que debía mandar Britania. Un insólito testigo del paso del Goeben y de su intercambio de disparos con los británicos, por cierto, fue Barbara Tuchman, a la sazón un niña de dos años, a bordo de un vapor italiano de pasajeros que cubría la ruta Venecia-Estambul. La historiadora contó luego el episodio en su célebre Los cañones de agosto.

El Goeben y el Breslau, que llevaban un año paseando la bandera alemana por el Mediterráneo, marcando paquete imperial, por así decirlo (Arenas describe una visita de Alfonso XIII al crucero de batalla en el puerto de Barcelona, con prisas por ir a ver, y algo más, a Raquel Meller), debutaron en la I Guerra Mundial cañoneando audazmente el 4 de agosto puertos franceses en el Norte de África. Humillaron a los battlecruisers y a toda la orgullosa flota británica y, a su llegada a Estambul, tras dejarles los turcos proalemanes entrar en los vigiladísimos Dardanelos, contribuyeron a que Turquía se pusiera del lado de las potencias centrales en la guerra que empezaba. “El Gobierno británico y especialmente Churchill que era Primer Lord del Almirantazgo habían hecho enfadar terriblemente a los turcos quedándose dos barcos de guerra, dos dreadnoughts, que les estaban construyendo en astilleros ingleses y que ya estaban pagados, una gran metedura de pata de Churchill”, explica Arenas en otro escenario de su novela, el añejo hotel Pera Palace, adonde llegaban los pasajeros de primera del Orient Express y convertido en cuartel general alemán durante la guerra. En su suntuoso salón hoy no están aquí, como solían y aparece en El buque del diablo, el general Von Sanders, Souchon, Von Mücke (el primer oficial del Emden) o el Kapitänleutnant Konrad Gansser, del submarino U-33, explicando sus aventuras; pero cenando con Arenas y disfrutando de su conversación, que es una kermesse de erudición como su novela, uno no los echa de menos y menos aún cuando, tras hablar del arrufo del Gneisenau, atacamos el postre al grito de “vollle Fahrt voraus! (“¡A toda máquina!”).

“Para compensar la pérdida de los dos barcos que se quedaron los ingleses y sobre todo para arrastrar a los turcos a su bando, los alemanes les ofrecieron el Goeben y el Breslau”, prosigue Arenas. Rebautizados como Yavuz Sultán Selim –Sultán Selim el Implacable- y Midilli respectivamente, y con pabellón de la media luna, los buques entraron nominalmente a formar parte de la armada del imperio turco, aunque la tripulación siguió siendo la misma, alemana; eso sí, los oficiales, para dar ambiente, cambiaron la gorra por el fez. En su nueva condición, con el Yavuz como buque insignia de la flota turca, los dos barcos realizaron numerosas misiones y siguieron siendo una espina clavada en el costado oriental de los Aliados.

Tras la guerra, señala Arenas, los turcos conservaron el Goeben/Yavuz, y en 1938 llevó ceremonialmente los restos de Atatürk para su entierro en Izmit. En 1946, el barco tuvo el privilegio de intercambiar cañonazos (de cortesía) con el acorazado USS Missouri, en visita diplomática a Estambul. No fue dado de baja hasta 1950 (lo desguazaron en 1973), y fue el último superviviente de la flota imperial alemana y el barco de su tipo que más tiempo estuvo en servicio.

El escritor explica mientras caminamos arriesgadamente por la resbaladiza callejuela en pendiente llena de gatos de Tomtom Kaptan hacia el hotel, un antiguo convento de monjas franciscanas y Gardes-Malades en el que se instala su pareja protagonista, que el joven oficial alemán está inspirado en uno real, aunque se llamaba Alfons y no Rolf, igual que ella. “Conocí a una chica muy parecida, yo también tuve a una Queralt, hace mucho tiempo…”. ¿Ha tenido la sensación de que la espabilada joven catalana se apropiaba de la novela? “Ha ido cobrando vida, y ha llegado a sorprenderme a mí mismo”. Arenas, con su aire de entre Talleyrand y Blücher, es un gran especialista en crear personajes femeninos inolvidables, al igual que en narrar episodios eróticos, tan serio que parece.

“Todo lo que explico es cierto”, continúa, “el trasfondo histórico, incluyendo lo de que el almirante Canaris estuvo en Barcelona, o la acción del torpedero turco contra el Goliath en Canakale… Me resultan sonrojantes las novelas históricas que maltratan la historia. Yo intento contar de manera amena historias poco conocidas con algunos personajes inventados pero sin separarme en lo sustancial de los hechos”. El autor es tan meticuloso que cuando en El buque del diablo el capitán del Goeben asevera que de Pirán a Brindisi (340 millas) tardarán 17 horas a veinte nudos, puedes estar seguro de que es verdad.

Arenas narra su novela desde el lado alemán, lo que es algo insólito. “Me interesa la perspectiva del que pierde la guerra pudiendo haberla ganado, y me gusta la sonoridad de los nombres y los cargos alemanes.También su cultura del orden y la organización. Y me apetecía mostrar el lado oscuro de los británicos, la arrogancia y la incompetencia criminal de sus mandos. La Primera Guerra Mundial no es como la Segunda. Aquí no está tan claro que un bando tuviera la razón moral”. Pasa un poco de puntillas por la matanza de los armenios. “Se menciona en la novela, los alemanes evidentemente miraron para otro lado”.

Pese a sus anchas miras y sus grandes escenarios, El buque del diablo no es una novela épica. Arenas hace a sus personajes muy cercanos e imprime dosis de humor y mucha ironía en la narración. “Aldos Huxley decía que el humor es un buen desengrasante en la literatura. No, no me gusta la épica, es grandilocuente. Pero eso no está reñido con que soy un fan de la novela de aventuras, y aquí hay muchas”. Curiosamente, Arenas no es lector de Hugo Pratt, pese a transitar en El buque del diablo territorios comunes. En la novela hay momentos de intensidad erótica y otros líricos, en los que podemos estar con los personajes en la toldilla del Goeben, «con una copa de Taittinger en una mano y un cigarrillo turco en la otra, contemplando una ciudad que al atardecer era bellísima, dejándose acariciar por la brisa del Bósforo”.

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