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Cultura - 6 días ago

La gracia de la depresión

Componer una buena comedia sobre la depresión es muy improbable, pero Gilles Lellouche sale bien parado en al menos dos tercios de la película

Componer una buena comedia sobre la depresión es tan improbable como meter un cuadrado en un círculo en esos juegos psicomotrices de guardería con piezas de madera. Y aunque la metáfora del juego educativo la utilice Gilles Lellouche en El gran baño como imagen para la inverosimilitud narrativa de la parte final de la película, bien podría servir también para expresar el mayúsculo reto artístico y profesional que se plantea como guionista y director de un relato con propósitos de simpatía acerca de una de las lacras más tristes de la vida contemporánea. Y sale bien parado durante al menos dos tercios de la historia. Lo que no es poco.

Lellouche, un clásico de la interpretación en Francia, ya con 47 años, se ha animado a debutar en solitario como realizador, y además ejerciendo de coguionista, tras codirigir Narco en el año 2004 y participar en la película colectiva Los infieles en 2012. Y los primeros minutos de El gran baño son sorprendentemente maduros en un cineasta primerizo. Hay cierto estilo visual, seguramente con la vista puesta en la elegante extravagancia del Wes Anderson de Los Tenenbaums, pero sobre todo hay riesgo a la hora de abordar un tema peliagudo con cordialidad, con momentos cómicos (negros), y sin que la amargura desaparezca por excesivo blanqueo. El grupo de hombres y una única mujer que protagonizan los dos primeros tercios de película, hundidos en el socavón de la ruina económica, el paro, la soledad, el alcoholismo, los delirios de grandeza, la separación sentimental, el dolor por la enfermedad mental de una madre o la discapacidad de un hijo, la indolencia, la inseguridad y, en fin, la tristeza, está confeccionado a partir del trazo esquinado. Donde a un momento de evidente simpatía puede suceder, en apenas unos segundos, un doloroso sentimiento de derrota.

Ayudado por un formidable conjunto de intérpretes masculinos tan distintos como se exige en las buenas películas, tanto en el físico como en la personalidad (Mathieu Amalric, Guillaume Canet, Benoît Poelvoorde, Jean-Hugues Anglade), y un grupo de mujeres de apariencia más fuerte que sus maridos, padres y amigos, Lellouche lleva su historia, de cauces complicados, con tono de sentido y muy serio disparate: todos ellos expulsan su desconsuelo por medio de unas insólitas clases de natación sincronizada masculina.

Sin embargo, hacia la hora de película, tras una recaída, el gran personaje de la entrenadora alcohólica y acosadora deja paso a otro rol femenino, este monolítico, con poca gracia, e interpretado de una forma excesivamente gritona y antipática por la habitualmente encantadora Leïla Bekhti. A partir de ahí, el tono inicial, casi de comedia independiente americana, amparado por la inconfundible banda sonora de Jon Brion, cede terreno. Y lo hace a favor de un último tercio de notorias ínfulas de comedia popular francesa, que, de todos modos, es muy posible que haya sido la clave para llevar a cuatro millones de espectadores a los cines. Pero Lellouche, sin llegar a estropear del todo su obra, confunde el triunfo personal con el título colectivo en un desenlace demasiado impostado.

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