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Cultura - 2 semanas ago

“La desaparición de los cines es un arma de control social”

Luca Bigazzi, premiado director de fotografía de Paolo Sorrentino, reflexiona sobre las salas, la televisión, el trabajo gratis y sus «orígenes marxistas»

A falta de dinero, Luca Bigazzi (Milán, 1958) recurrió a la creatividad. En 1992, para rodar la ópera prima del cineasta Mario Martone, Morte di un matematico napoletano, pretendían reconstruir la Nápoles de los años cincuenta. Los inversores, sin embargo, no compartían tan dispendiosa necesidad artística. Así que el joven director de fotografía, entonces en la treintena, ideó un remedio casero: aplicar a la película en color un filtro amarillo, normalmente usado para filmes en blanco y negro, para dar a las imágenes un toque de época. ¡Eureka! El chico autodidacta, con solo un puñado de largos a sus espaldas, había hallado la solución ideal: barata y eficaz. O eso creía. Hasta que un técnico vio el resultado y llamó horrorizado a la productora: “¿Cómo podéis plantearos rodar con este cretino?”.

Aquel fallo, que Bigazzi relató al blog Minima&Moralia, no hundió su carrera. Ni mucho menos. Desde entonces, grandes compañías y cineastas lo han fichado. Tanto que hoy en día es uno de los directores de fotografía más célebres de su Italia natal, ganador de siete David (los Goya de su país), sobre todo gracias a su larga colaboración con el director Paolo Sorrentino en filmes tan celebrados como El divo o La gran belleza. Por eso, entre otras razones, ofreció a finales de mayo una clase magistral en la Escuela EFTI de Madrid, en el marco del festival Plural 19.

Quizás, a posteriori, se diría que el filtro amarillo era más bien el indicio de un creador dispuesto a ir por su camino, en su obra y sus palabras: dice que vivimos en una preocupante “añoranza del pasado” y que echar de menos el celuloide es “ridículo y conservador”; afirma que no quiere destacar por un estilo propio y espera que nadie detecte enseguida que la fotografía de un filme es suya; reivindica sus orígenes “marxistas” y hacia la mitad de la charla suelta: “Vamos a hacer una entrevista política, y a tomar por saco”. A continuación, agrega: “La desaparición de las salas es útil al control social. La pérdida de la visión colectiva produce individuos más manipulables. Por eso creo que son importantes lugares de encuentro como cines y teatros”. No por nada, si no hubiera sido director de fotografía, Bigazzi se habría dedicado “a la política”.

La reflexión viene a cuento de su último trabajo. Y de una contradicción. Tras rodar la serie El joven Papa, con Sorrentino —por la que fue nominado al Emmy—, juró que “ni muerto” haría otra temporada, por el formato y por su duración. Sin embargo, justo acaban de filmar la continuación, El nuevo papa. ¿Cómo lo explica? Bigazzi se ríe: “El problema está en mi idea de cine. Creo que es una obra colectiva y como tal ha de ser disfrutada en una sala. La serie, con una visión televisiva y atomizada, destruye todo esto. Además, 24 semanas de este trabajo podrían matar a un caballo. Aunque he de reconocer que en ciertas situaciones te proporciona medios mayores”.

En El nuevo papa, tres cámaras fijas, a veces hasta cuatro o cinco. Todo un desafío: “Antes podías plantearte una iluminación para cada encuadre. Ahora debes crear una que funcione para todas las posiciones de la cámara y los actores”. Para ello, Bigazzi ha encontrado un aliado en el formato digital, que algún peso pesado del cine aborrece y él, en cambio, adora. “Es más flexible, preciso y democrático. Hoy un chico puede empezar a filmar sin apenas costes y sacar un buen material, si es capaz. La película física es una forma de proteccionismo profesional insoportable”, asevera. Y aprovecha para derribar otro pilar de la casta del cine: “Cada vez más, últimamente, se les pide a los jóvenes trabajar gratis. Lo harás, claro, solo si puedes permitírtelo. Y es terrible. El resultado será un cine creado, escrito, iluminado y rodado por ricos, que habla a los ricos”.

Dónde se vea el séptimo arte le preocupa bastante menos. Pero sí el cómo. Bigazzi, una vez más, ofrece una perspectiva personal: no teme que el público use tabletas o móviles para ver un filme, sino que lo haga aislado. “La empatía es un instrumento fundamental en la realización y visión del cine. La comunicación no verbal entre los espectadores funciona: si veo una película en solitario, no entenderé nada”, agrega.

Resulta evidente, a lo largo de la charla, que tanta crítica viene del cariño. Bigazzi quiere al cine y le desea un futuro esplendoroso: “Es el mejor trabajo del mundo. Es maravilloso, tengas el rol que tengas, aunque es precario y fatigoso. Es una de las escasas actividades en las que un grupo de personas muy variado se reúne, bajo el liderazgo de un cineasta, para dar vida a una obra de arte. Ya sé que hay un discurso económico detrás, pero es una de las pocas diversiones locas que la humanidad se concede”.

Del líder Sorrentino, Bigazzi ha aprendido la rapidez: “Es el director más veloz que haya encontrado, y te obliga a ir al mismo ritmo”. Él nunca se ha planteado ser cineasta, o guionista. Aprecia su profesión, que junta con el trabajo como operador de cámara, que le gusta incluso más. En todo caso, tras tantos años, tiene claras las características de una buena fotografía. “Debe ser rápida, apropiada al filme, nunca invasiva, y al servicio de los actores. Son la pieza más frágil del cine, tendría que protegerlos Unicef, o la Unesco”, sonríe.

Él también estará ahí para tutelar a los intérpretes, pero solo unos años más. A los 60, Bigazzi cree que se acerca la hora de parar. “Querría aplacarme”, reconoce. Hace poco, se informó y descubrió que ha de llegar hasta los 67 para la jubilación. Luego, se imagina descansando en su cortijo en el campo. Aislado, tal vez. Pero nunca manipulable.

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