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Cultura - 2 semanas ago

La casta no es para tontos

Interesante corrida de La Quinta, dificultosa para una dispuesta terna

Si todas las corridas fueran como esta de La Quinta, el escalafón de matadores se rejuvenecería en un par de meses. Se escucharían excusas de todo tipo para olvidar el traje de luces. Si así fuera, ganaría mucho la fiesta de los toros. Ganarían, sobre todo, los aficionados, los auténticos parias de este espectáculo que vuelven una y otra vez a la taquilla a pesar de que son conscientes de un engaño casi diario.

Y no es que la corrida de La Quinta fuera brava y de encastada nobleza, de modo que permitiera una tarde de triunfo. No. No fueron toros tontos, que es muy distinto; no procedía ninguno de uno de esos laboratorios de genética parda donde fabrican toros artistas, dulzones y almibarados.

Los de La Quinta eran toros y nada fáciles, como se supone que deben ser. Tampoco llegaron con intenciones de comerse a ningún torero, pero avisaron desde el primer momento a los de luces que estuvieran prestos y listos para cometer los menos errores posibles. Porque un error con estos toros es la más que probable posibilidad de una voltereta. Y una voltereta con los astifinos pitones que lucieron, la seguridad absoluta de una cornada.

Es verdad que fue una corrida más para el público que para los toreros, pero, hombre, está bien que así sea de vez en cuando. Se agradece, además, que algún ganadero críe toros para el espectáculo y no para las figuras.

No fue fácil, no, la corrida de La Quinta. Mejor dicho, no fue moderna. Desarrolló sentido, humilló poco, se movió a pesar de sus muchos kilos, su embestida fue corta, con la cara casi siempre a media altura y de un juego intermitente e irregular en el tercio final.

La picaron mal, a excepción del quinto, Fogoso de nombre, muy espectacular en varas y permitió el lucimiento del picador Juan Francisco Peña. Derribó en el primer envite, y acudió, después, desde largo y con alegría, y empujó de verdad en el peto. Lo colocaron en el centro del anillo, el toro hizo amago de acudir a la llamada del piquero pero, finalmente, optó por el caballo que guardaba la puerta y el hechizo se deshizo. El público se lo pasó en grande con la resurrección de un tercio que los toreros y ganaderos que mandan han hecho desaparecer casi por completo.

Y en la muleta hubo de todo, pero ninguno de los toros fue ese juguete al que le dan cuerda para que embista como un perrito faldero. No plantearon excesivos problemas, pero exigieron técnica, conocimiento y, por encima de todo, valor.

Y los tres modestos toreros del cartel derrocharon entrega, decisión y buenas maneras. Trabajaron a destajo para estar por encima de las condiciones de las corridas, posiblemente no ganarán más contratos después de esta tarde, pero se marcharon al hotel con la conciencia tranquila de haber puesto toda la carne en el asador.

Rubén Pinar es un torero curtido en mil batallas, más lidiador que artista, que no vende bien su producto y le cuesta un mundo llegar a los tendidos. Insistió cansinamente ante el soso primero, y alcanzó momentos de brillantez —una gran tanda de derechazos y largos de pecho— ante el cuarto, y acabó con ceñidas manoletinas.

No se arredró Javier Cortés ante la escasa entrega de su primero, y a pesar de que torea poco se le vio muy suelto y con recursos en la cara del toro. No alcanzó, no obstante, la emoción esperada y quedó la impresión de que pudo hacer más. Muy firme se mostró ante el quinto, que se movió con la cara a media altura y poca codicia.

Y al francés Thomas Dufau se le nota más su escaso bagaje, pero fue muy sincero, no se escondió, dio la cara, y, a pesar de lo que pudo parecer, ningún toro se le partió. Recibió a su primero de rodillas a porta gayola y pasó un mal trago. No destacó por su clase torera, pero sí por su vergüenza, que no es poco.

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