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Cultura - 07.07.2019

João Gilberto, el genio perfeccionista

Digno y testarudo, jamás pidió una retribuición por ser el artífice de aquella música que colocó a Brasil en la primera división del mundo

Tendemos a caracterizar los años sesenta como la década de los Beatles. Sin embargo, se suele olvidar que también fue el periodo en que una sinuosa música brasileña sedujo al mundo entero. Funcionaba por diferentes circuitos y generalmente tenía otro público pero la bossa nova también revolucionó el planeta. Y al frente estaba Joâo Gilberto.

Contó con cómplices de primer nivel, como el compositor Antonio Carlos Jobim o el poeta Vinicius de Moraes, pero ellos mismos reconocían que aquel chaval huraño de Bahía había domesticado el alborotado samba con la batida de su guitarra, su concepto armónico y su sigilosa manera de cantar. Mínimos recursos que encajaban mágicamente con la pobreza de los sistemas de amplificación y las técnicas de grabación en el Brasil de finales de los 50. Fue un deslumbramiento compartido por sus compañeros de generación y amplificado por los jazzmen estadounidenses que visitaban Rio de Janeiro o escuchaban sus discos.

Y llegó la Garota de Ipanema, grabada en 1963 en Nueva York con el saxofonista Stan Getz. El productor, Creed Taylor, editó la interpretación en una versión recortada que daba protagonismo a la esposa de Joâo, Astrud Gilberto. Un éxito monumental que despertó los recelos de Joâo: esos gringos no sabían distinguir entre una aficionada y una profesional. La relación personal ya no funcionaba: en 1965, se casaba con la cantante Miúcha, hermana de Chico Buarque.

 La vida familiar de Joâo fue tormentosa. En realidad, todo lo que le rodeaba estuvo rodeado de sospechas y equívocos. Aunque detestaba a Stan Getz, volvieron a grabar juntos e hicieron música bellísima. Durante una estancia en México, registró boleros y lo que parecía una concesión resultó un acto de amor. Pero se cimentó una imagen perversa de Gilberto: parecía que prefería trabajar fuera de Brasil, aunque él insistía en explicar que en el extranjero le valoraban más y en su país no se cumplían sus exigencias de sonido.

 Volvió finalmente a Rio en 1979 y lanzó Brasil, un disco a capricho hecho con discípulos como Caetano Veloso, Maria Bethânia y Gilberto Gil. Fue quizás su última declaración estética, antes de transformarse en un ermitaño que actuaba poco y grababa menos. Con todo, su sentido de la justicia le llevó a querellarse contra EMI, la compañía que publicó sus primeros discos (y ganó el juicio). En los últimos tiempos, se rumoreaba que estaba arruinado y enfrentado con sus hijos. Digno y testarudo, jamás pidió una retribuición por ser el artífice de aquella música que colocó a Brasil en la primera división del mundo.

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