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Cultura - 16.05.2019

Inauguración olvidable con los zombis de Jim Jarmusch

‘Los muertos no mueren’ no aporta nada revolucionario, aunque existe el toque sardónico de su director

La ópera prima de Ladj Ly ‘Los miserables’ describe con fuerza el infierno de una ‘banlieu’

Cannes, considerado legítima y ancestralmente como el festival de los festivales, ha padecido cierto desfallecimiento en sus últimas ediciones, sobre todo por la ausencia del imperio estadounidense, que ha optado porque el Festival de Venecia se convirtiera en la plataforma de su cine para el lanzamiento en Europa e igualmente por la fraternidad que ha establecido Venecia con nuevos y poderosos ricos como Netflix, mientras que aquí no han cedido a las exigencias de esa plataforma audiovisual empeñada en otra forma de consumir el cine, a domicilio, sin necesidad de pisar aquellos templos que algunos ya empezamos a añorar y a llorar denominados salas. Pero Cannes ha logrado este año que se presente aquí la película más esperada del cine norteamericano. Se trata de Érase una vez en… Hollywood,que lleva la irresistible firma de Quentin Tarantino. También acude Terrence Malick, ese director que puede ser sublime o insoportable. Y permanecen fieles a la cita con este certamen que tanto les ama y al que tanto aman las últimas obras de Pedro Almodóvar, Ken Loach y los hermanos Dardenne. O sea, que las expectativas existen, que no te invade el escalofrío al ojear la programación.

Lo ha inaugurado Jim Jarmusch, otro de los hombres por los que Cannes siente debilidad, con Los muertos no mueren. Pueden adivinar por el título de qué va la movida. Pues eso, de zombis. Sabemos que el género está excesivamente manoseado en películas y en series de televisión, aunque se supone que Jarmusch, tan estiloso y personal este antiguo rey de la modernidad, aportaría novedades a esos seres que caminan como sonámbulos y van zampándose los corazones y las vísceras de los humanos con los que se topan, pero no es así. No aporta nada revolucionario, aunque existen el toque sardónico de Jarmusch y sus incesantes guiños a la parroquia que le ha venerado desde su primera película. Personalmente nunca me ha fascinado el género, incluida esa inicial y celebérrima tontería de La noche de los muertos vivientes, pero Los muertos no mueren tampoco me hace cambiar de opinión. El reparto está integrado por los colegas de siempre del director, como los músicos Iggy Pop y Tom Waits y actores y actrices con los que mantiene vieja química como Bill Murray, Tilda Swinton y Adam Driver, pero su presencia tampoco dota a esta película de un encanto especial, el que sí tenían otras películas de este director como Flores rotas y Paterson. Es probable que Jarmusch se haya divertido un montón rodando una de zombis, pero su alegría no me resulta contagiosa.

Sí tiene interés la temible crónica que hace Ladj Ly en su poderosa ópera prima Los miserables de la relación entre la policía y muchos habitantes de la banlieu parisina. Comienza con el enfervorizado viaje de cientos de adolescentes negros y musulmanes a los Campos Elíseos para celebrar el triunfo de Francia en el Mundial de fútbol. Esta euforia nacionalista no tiene continuidad en la vida real. Entre la miseria y la marginación en la que discurre su vida cotidiana y su problemático contacto con los policías que intentan controlar estos barrios, esa tensión excesiva desencadenará una violencia sin límites en la que no sirven los razonamientos. Y el director tampoco conoce las soluciones para esta crisis endémica. Los miserables describe este infierno con credibilidad y fuerza.

Cuando pregunto a amigos por la obra del director brasileño Kleber Mendonça, que codirige con Juliano Dornelles Bacurau, exhibida en la sección oficial, me hablan con cierta admiración de su anterior película, Doña Clara, y se empeñan en que la he visto. Sin embargo, no logro recordar nada de su argumento. Creo que Bacurau tampoco me va a dejar huella. Se supone que transcurre en un futuro cercano y no logro saber por qué un grupo de mercenarios estadounidenses quiere exterminar a los habitantes de un pueblo. No lo consiguen y los nativos, que toman una especie de tripis que les otorgan poderío mental, llevarán a cabo una venganza ritual. Me pierdo y además es muy larga. Y pregunto: ¿para qué sirve tanto metraje?

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