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Cultura - 12.01.2019

“Hay un impulso obsesivo por establecer quién es de un país y quién de fuera”

El historiador británico Simon Schama, que publica ‘Pertenencia. 1492-1900’, encuentra “resonancias” entre el pasado judío y los inmigrantes de hoy

Cuando Simon Schama (Londres, 1945) eligió el término pertenencia para dar título al segundo volumen —recientemente publicado en España— de su trilogía sobre la historia de los judíos, pensaba en el pasado. En la dificultad que ha encontrado este pueblo para «sentirse en casa en dos sitios a la vez» (en la sinagoga, por un lado, y en el país en el que siempre eran minoría, por otro) durante el periodo que cubre el ensayo: desde la expulsión de España, en 1492, hasta 1900, con los primeros balbuceos del movimiento sionista.

Sin embargo, el título de la obra, reconoce Schama, también entronca con este presente de auge ultranacionalista en Europa, retórica xenófoba en la Casa Blanca y aumento de los incidentes islamófobos y antisemitas. «Lo que vivimos ahora es exactamente el asunto de quién pertenece a un sitio. De la relación entre las comunidades inmigrantes y las establecidas hace tiempo. No he escrito este libro como una alegoría de lo que está pasando, pero no se pueden pasar por alto las resonancias. El tema de quién es realmente francés, alemán, húngaro, estadounidense… ese impulso compulsivo de establecer quiénes son los de dentro y quiénes los de fuera. Hay ecos muy potentes entre la retórica que había en Estados Unidos en el siglo XIX sobre lo ‘inasimilables’ que eran los judíos que llegaban del este de Europa con la que se escucha hoy sobre los inmigrantes», aseguró en una entrevista en Madrid en septiembre.

Catedrático en la Universidad de Columbia, Schama ha escrito una decena de ensayos y presentado otros tantos documentales para la BBC sobre historia —Holanda, la Revolución Francesa o hasta un repaso al Estados Unidos de Barack Obama— e historia del arte, otro de sus ámbitos de especialidad. Una de esas obras fue, en 2013, En busca de las palabras, que inició la trilogía sobre la historia judía que ahora continúa Pertenencia (Debate) y que cerrará un volumen sobre el siglo XX.

«La identidad judía se ha forjado como una suerte de historia épica», con el calendario hebreo como aglutinador de la comunidad, sea en Toledo, Odessa, Jerusalén o Buenos Aires, explica Schama. «El calendario es extremadamente importante porque dicta el tiempo, la cocina, la sinagoga a la que ir, los textos que leer…». Schama pone como ejemplo las hagadot ilustradas, el texto sobre el bíblico éxodo israelita de Egipto que se lee durante el seder de Pésaj, la cena de la Pascua hebrea. «Es una creación medieval que nace para leerse en familia, no en la sinagoga. Para entonces ya existe una autoconciencia de lo que supone llevar una vida judía”.

Dos textos han preservado históricamente el vínculo colectivo. Uno es la Torá, los cinco primeros libros de la Biblia. «El Código de Hammurabi [el texto jurídico babilónico de hace casi cuatro milenios] necesitaba un Gobierno para ser aplicado. La Torá, no. Es como esa bola de mercurio que aplastas y salen otras muchas bolas pequeñitas», ilustra Schama. El otro, el Talmud, fuente principal de la ley religiosa judía: «Supone un enorme nexo social de normas éticas que gobiernan la vida diaria, las transacciones comerciales entre un judío y otro, y entre judíos y no judíos. Un mundo de experiencia social dentro del cual uno puede pensarse como judío».

Durante esos siglos —y en particular en los momentos de incertidumbre— no pocos judíos creyeron ver al salvador finalmente enviado por Dios en alguien de su comunidad. El libro comienza con dos casos del siglo XVI: David Reubeni —que logró incluso ser recibido por el rey de Portugal Juan III gracias a una carta de recomendación del Papa— y Shlomo Moljo, condenado por la Inquisición a morir en la hoguera. «Era una extática iluminación paradisiaca que se daba entre los judíos a la vez que seguían su vida normal», señala.

El infarto cerebral de Sharon

Ese anhelo por «una Jerusalén que nunca puede hacerse realidad» cambió con la victoria israelí en la Guerra de los Seis Días, que supuso el inicio de la ocupación de Gaza, Cisjordania, Jerusalén Este, el Golán sirio y el Sinaí, posteriormente devuelto a Egipto tras el acuerdo de paz entre ambos países. «1967 cambió absolutamente todo en ese aspecto. Hizo posible que Israel fuese un concepto visionario más que un concepto político pragmático, con el consiguiente problema».

«[Los ex primeros ministros israelíes Ariel] Sharon o Menajem Beguin, que no eran precisamente unos liberales, tenían la visión de que la ocupación no puede ser permanente, porque te pone en la posición de tener, bien una sociedad como la del apartheid, bien una mayoría judía. Lo que ha pasado desde entonces no es solo el asesinato de [Isaac] Rabin [en 1995], que fue un catastrófico punto de inflexión. También el infarto cerebral de [Ariel] Sharon. No le admiro, pero hay algo extraordinario en que, con su gran brutalidad, acabase siendo al final un realista político. Su infarto cerebral fue al menos tan importante [como la muerte de Rabin] porque abrió un lugar en el que el nacionalismo religioso mesiánico tenía la sartén por el mango. [El actual jefe de Gobierno, Benjamín] Netanyahu no es un nacionalista religioso mesiánico, lo que en cierto modo es peor, porque está dispuesto a permitirles que tengan la sartén por el mango, pese a que son solo una minoría de los judíos israelíes».

— No suena muy optimista…

— Tengo 74 años, no veré la paz en mi vida

— ¿Y quién es responsable de ello?

Por primera vez en la entrevista, Schama duda y deja dos frases sin acabar antes de decir: “No sé, parece que estamos atascados en un lugar muy malo”.

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