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Cultura - 7 días ago

Hacia el espacio interior

Primera película del género firmada por una cineasta que trasladó el lenguaje del cine de terror a lo puramente sensorial y primitivo

Cuando la revista American Film invitó al escritor J. G. Ballard a escribir sobre sus películas favoritas de ciencia ficción en 1987, el autor de Crash tuvo el gesto, provocador, de incluir en su listado una película tan frívola como Barbarella (1968) de Roger Vadim. La boutade obedecía, por supuesto, a una reflexión: “La relación entre el sexo y la ciencia-ficción o, para ser más precisos, su ausencia casi total del género, ha sido siempre un misterio (explicado, supongo, por el hecho de que los escritores de ciencia ficción constituyen una auténtica comunidad de ingenuos, por lo general aprensivos ante el cambio, ultraconservadores en lo político y deseosos de no pensar en lo que hacen los adultos cuando se apaga la luz)”. Si bien poco hay en la película de Claire Denis que evoque la erotomanía de Vadim, uno intuye que High Life es, por más de un motivo, el tipo de película que Ballard podría haber celebrado. A fin de cuentas, es una fantasía donde el esperma, el flujo vaginal, la sangre menstrual y la saliva barnizan los pasillos de una nave espacial que, en cierto sentido, evocan los interiores de aquella que se acercaba al misterio de lo indescifrable en Solaris (1971) de Andréi Tarkovski.

Primera película del género firmada por una cineasta que trasladó el lenguaje del cine de terror a lo puramente sensorial y primitivo –Trouble Every Day (2001)- y que encontró en Roland Barthes el disolvente ideal para desestructurar la comedia romántica –Un sol interior (2017)-, High Life coloca a un grupo de presidiarios en el ámbito de influencia de un agujero negro, que aquí podría funcionar como directa justificación narrativa de la libertad estructural que adoptará un relato proclive a la dislocación de tiempos y al choque de tonos –de lo ascético meditativo a la súbita, brutal explosión de violencia-. Entre el inesperado brote de humanidad del personaje interpretado por Robert Pattinson y la deriva perversa de la científica con pasado criminal a la que da vida Juliette Binoche, la película, como hubiera deseado Ballard, dirige su atención a la luz y a las tinieblas del espacio interior de los personajes, mientras lo que rodea a su vehículo espacial se retuerce sin garantizar la posibilidad de trascendencia o la existencia de sentido. La imagen de esos cuerpos flotando en el vacío sintetiza la esquinada belleza de trabajo sobrecargado de estímulos poéticos e intelectuales.

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