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Cultura - 11.03.2019

Europa busca reconciliarse con su violento pasado del siglo XX

Historiadores y antropólogos estudian y comparan cómo afrontan su memoria países como España, Polonia y Bosnia en un ambicioso proyecto impulsado por la Comisión

¿Qué tienen en común los restos de fusilados tras la Guerra Civil exhumados hace unos años en el cementerio de Guadalajara con las fosas de guerrilleros anticomunistas de los años cuarenta en el camposanto militar de Powazki, en Varsovia, y con las de las víctimas civiles de la masacre de Srebrenica, en Bosnia, en los noventa? Que, cuando un país se tiene que enfrentar a la memoria de un pasado violento, resulta inevitable afrontar la espinosa decisión de qué hacer con las fosas comunes, probablemente su recordatorio más tangible. “Incluso no hacer nada es ya una decisión”, explica de forma casi aforística el antropólogo del del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) Francisco Ferrándiz, que acaba de escribir, junto a la profesora de la Universidad de Warwick (Reino Unido) Marije Hristova, un artículo sobre cómo se afronta esa conflictiva memoria en los tres países. Esto es, entre los enconados debates públicos en torno la huella franquista en España, la instrumentalización institucional de la resistencia anticomunista en Polonia y las heridas que todavía supuran en Bosnia por más que se le apliquen recetas de justicia internacional y derechos humanos.

“En España no somos unos locos por discutir estos temas, sino que formamos parte de un proceso global”, añade Ferrándiz. De hecho, su artículo —que se incluirá en el libro Repensar el pasado: La memoria (trans)cultural Europea, que la editorial Dykinson está a punto de publicar— es solo el último de todos los que ha hecho sobre el tema y que se engloban dentro de un proyecto de investigación mucho más amplio, financiado por la Comisión Europea con casi 2,5 millones de euros. En él, una veintena de historiadores, antropólogos y politólogos de seis universidades y centros de investigación de varios países buscan –estudiando las fosas y otras expresiones como los museos de guerra— una alternativa teórica y práctica capaz de contrarrestar, según explican los impulsores del proyecto, las crecientes “concepciones políticas e identitarias combativas y antagónicas frente a las que la memoria cultural europea parece en ocasiones impotente”. Es decir, memorias basadas más en el mito que en la búsqueda de la verdad y que exacerban los sentimientos ultranacionalistas, de héroes y demonios sin matices.

Esta última forma de mirar al pasado es la que los teóricos llaman antagónica, la más básica, que parecía haberse quedado en un plano secundario desde que, tras la caída del Muro de Berlín en 1989, otro modelo se convirtió en dominante. Uno más analítico y, de alguna manera, administrativo, surgido de la reflexión sobre el Holocausto, basado en los derechos humanos y en los principios de verdad, justicia, reparación y garantía de no repetición, con las víctimas en el centro de todo. “Pero después de todas las comisiones de la verdad, de todas las resoluciones de la ONU, de los tribunales internacionales resulta que estamos volviendo a nuevas formas de fascismo, a nuevos antagonismos muy primarios”, señala Ferrándiz tratando de explicar la perplejidad de la que nació el proyecto, que arrancó en 2016 y termina este año, bajo el nombre de UNREST, que en inglés significa agitación, inquietud, pero que en este caso responde a las siglas, también en inglés, de Memoria perturbadora y cohesión social en la Europa transnacional.

“Europa necesita por fin hacer las paces con su pasado violento”, señala la antropóloga social Elisabeth Anstett, miembro del consejo consultivo de UNREST. Esta especialista de la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales (EHESS), en París, explica que se trata de construir “espacios sociales, culturales, pedagógicos” donde sea posible el análisis crítico. Porque, advierte, en estos tiempos de noticias falsas y resurgimiento de viejos extremismos, “no es tanta la gente con acceso a hechos documentados y no solo a opiniones y sentimientos personales o colectivos”.

Para Stefan Berger, profesor de Historia Social de la Universidad Ruhr de Bochum, en Alemania, más que hacer las paces, lo que Europa necesita es “enfrentarse de una forma más sincera a su pasado violento”. Berger, investigador principal de UNREST, opina que el modelo cosmopolita ha acabado despolitizando los procesos en torno a la memoria y que volver a colocarla en la discusión política es imprescindible para enfrentar los nuevos desafíos.

El punto de partida del proyecto fue la creación de una especie de tercera vía teórica, que han llamado agonística, consistente en “aumentar la calidad democrática de tal manera que puedan coexistir, siempre dentro de unos límites legales y de respeto, distintas memorias en un mismo entorno”, explica Ferrándiz. “Y queríamos estudiar también si eso puede ser una solución para Europa a medio plazo”, añade.

A partir de ahí, él y su equipo eligieron tres países con contextos muy distintos —uno de guerra civil previa a la Segunda Guerra Mundial, otro vinculado a esta y el otro de guerra de implosión más reciente de un Estado— para estudiar qué tipo de memoria predomina en cada uno. Y lo primero que destacan es que “los discursos abstractos globales en cada país aterrizan de una manera distinta”.

Por ejemplo, en Polonia “el cosmopolitismo es una forma de disfrazar su antagonismo”. Es decir, que bajo un discurso de derechos humanos, justicia y reparación, se deja de lado a unas víctimas —las del Holocausto y las comunistas— para centrarse en otras, en los “soldados malditos”, un grupo paramilitar que en 1945 siguió la lucha contra el comunismo. La profesora Hristova explica que el partido en el poder —Ley y Justicia (PiS), encabezado por Jaroslaw Kaczynski— ha construido a partir de este grupo una especie de “mito fundacional del anticomunismo”, convirtiendo en héroes a algunos que los fueron realmente, “como Witold Pilecki (que fue a Auschwitz voluntariamente para sacar información y crear una resistencia desde dentro), pero también a criminales de guerra como Józef Kuras, responsable de la muerte de muchos eslovacos, judíos y lemkos”. No quedan muchos descendientes de los soldados malditos, pero algunos de ellos se han pronunciado en contra de la instrumentalización de su memoria, añade la investigadora.

En Bosnia, ponen el ejemplo de la fuerte polémica que causó en 2011 la construcción de una iglesia ortodoxa a solo unos metros de las tumbas de las víctimas exhumadas en una de las 14 fosas comunes en las que los serbios repartieron los cuerpos de la matanza de Srebrenica en la que perecieron unos 8.000 musulmanes en 1995. Lo usan para explicar cómo, pese a haberse hecho todo el proceso bajo el paraguas de la ONU, a través del tribunal internacional de la antigua Yugoslavia que ha condenado a los perpetradores y con actos de reparación, la práctica sigue siendo muy antagónica al nivel de los gobiernos locales y de los ayuntamientos.

En España, por último, hablan de un movimiento social y asociativo que, desde el año 2000 y después de dos décadas del pacto de la Transición, empujó hasta conseguir una ley de memoria histórica con financiación y ha seguido haciéndolo sin ayuda en los momentos que ha escaseado el apoyo institucional, como en el caso de las exhumaciones en el cementerio de Guadalajara entre 2016 y 2017 de 50 cuerpos de fusilados tras la Guerra Civil. Con todo, pese a los enconados debates que suscita en España la memoria histórica, Ferrándiz y sus colegas concluyen que existe “una convivencia de modelos con mayor fuerza del cosmopolitismo, incluso, con el discurso de la Transición, del olvido consciente”.

En los próximos meses, el proyecto UNREST irá elaborando sus conclusiones finales. De momento, Ferrándiz adelanta las suyas: “En la Europa contemporánea no hay un problema de memoria, sino muchos, y las manifestaciones son múltiples y cambiantes. Por eso necesitamos nuevos modelos para entenderlo y afrontarlo”. Su propuesta, añade, ha encontrado dificultades, en cuanto a los límites de la libertad de expresión o qué hacer con la voz de los perpetradores, entre otros. “Estamos marcando el camino, pero hay que seguir estudiando”. Pero no solo: “Todo este conocimiento teórico tiene que plasmarse ya en políticas públicas que fomenten debates más abiertos, más sofisticados” en un contexto de mensajes que explican la realidad en blanco y negro. “Cuando nos llaman las instituciones siempre vamos. No tenemos la razón pero si podemos diagnosticar problemas”, añade.

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