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Cultura - 17.06.2019

El mar de Aldeburgh se llena de música y poesía

El festival británico bucea en su última edición en los ciclos de canciones de Benjamin Britten

“Uno de mis principales objetivos es intentar devolver al tratamiento musical de la lengua inglesa una brillantez, una libertad y una vitalidad que han sido extrañamente infrecuentes desde los tiempos de Purcell”. Esta frase de Benjamin Britten, que forma parte de un texto más amplio sobre su ópera Peter Grimes antes de que la diera a conocer en Londres en 1945, podría haber servido casi de lema de esta 72ª edición del Festival de Aldeburgh, fundado por el propio Britten y Peter Pears tres años después de aquel estreno y que sigue manteniendo inalteradas las principales coordenadas que se trazó al nacer: una apuesta firme por la creatividad y por la interrelación de las diversas artes, así como una vocación de servicio a los habitantes de una zona rural muy alejada de los grandes centros culturales.

Muchos de los asiduos del festival lo son desde hace décadas y no pocos atesoran aún reminiscencias personales del compositor: John, que enseña como voluntario la Red House (la residencia de Britten y Pears desde 1957), recuerda cómo, en menos de dos días, hubo de trasladarse la representación del Idomeneo de Mozart dirigido por el compositor, en cuya orquesta él tocaba entonces la trompa, de la sala de conciertos de Snape Maltings (que sufrió un terrible incendio en 1969 que obligó a reubicar todos los conciertos) a la cercana iglesia de Blythburg, y se explaya valiéndose incluso de fotos sobre la expresividad que Britten sabía transmitir con los movimientos de su mano izquierda mientras dirigía; Derek, un biólogo jubilado que ejerce de guía, también como voluntario, en la cercana reserva natural de aves de Minsmere, la mayor de Inglaterra, conserva aún vívidas imágenes del concierto que ofreció con el coro infantil de su colegio, dirigido asimismo por Britten en Snape Maltings, cuando él tenía tan solo once años. La sensación constante, a poco que se indague, es que este es un festival por el pueblo, para el pueblo y, lo que es más inhabitual, con el pueblo. Más de cuarenta años después de la muerte del compositor, los más antiguos del lugar hablan de “Ben y Peter” con tanta familiaridad y cercanía que parece que aún sería posible cruzarse con ellos al doblar cualquier esquina de este rincón rural de Suffolk.

La larga convivencia y la ininterrumpida colaboración profesional con Pears, la irresistible atracción que sintió siempre por las posibilidades expresivas de la voz humana y una curiosidad literaria que jamás declinó convergieron para hacer de Britten uno de los compositores en cuyo catálogo poesía y música conviven de la manera más fructífera y diversa. Óperas basadas en obras originales de William Shakespeare, Henry James, Herman Melville o Thomas Mann, y canciones con acompañamiento pianístico u orquestal inspiradas en una pléyade de escritores, de Virgilio a T. S. Eliot, pasando por Shakespeare, John Milton, John Donne, Edmund Spenser, William Blake, John Keats, Coleridge, Wordsworth, Alfred Tennyson, Gerald Manley Hopkins, Wystan Hugh Auden, Wilfred Owen, Thomas Hardy, Edith Sitwell y Robert Lowell o, en otros idiomas, Miguel Ángel, Victor Hugo, Verlaine, Rimbaud, Goethe, Pushkin o Hölderlin, convierten a Britten en un compositor de un aliento poético único.

Sin vocación de exhaustividad, el festival ha programado varios de sus ciclos de canciones y estos días ha sido especialmente grata la presencia de dos triste y frecuentemente preteridos: Our hunting fathers (1936), que es, además, la primera obra para gran orquesta de Britten, y Who are these children? (1969), que combina poemas y acertijos escritos en su escocés natal y poemas hondos y desolados en inglés de William Soutar, entre ellos el que da título al ciclo, inspirado por una fotografía publicada por The Times Literary Supplement en 1941 en la que los integrantes de una partida de caza atraviesan a caballo impertérritos, y pulcramente ataviados, un pueblo arrasado por las bombas alemanas en la Segunda Guerra Mundial ante la mirada atónita de unos niños. Otro se titula simplemente The Children, escrito en 1937 por un Soutar conmocionado por las víctimas civiles provocadas por el bombardeo de Guernica y la última canción, The auld aik, que utiliza la caída de un roble bicentenario como símbolo de fin y aniquilación, es un perfecto ejemplo de esas músicas de Britten que, de puro sencillas, resultan aún más dolorosamente lacerantes.

Our hunting fathers parte de dos poemas originales de su amigo Wystan Hugh Auden y otros tres (dos anónimos y uno de Thomas Ravenscroft) modernizados por el propio escritor en los que también se halla presente en clave metafórica, ya que los protagonizan animales, la denuncia política, especialmente en el titulado Rats away!, en el que una plaga de ratas representa inequívocamente la irrupción de los fascismos que empezaban a campar a sus anchas por Europa (1936, el año de la composición del ciclo, es no solo el del comienzo de nuestra guerra civil, en la que participó Auden, sino también el de la remilitarización de Renania por parte de Hitler y la invasión de Abisinia ordenada por Mussolini). En Dance of Death, dos de los sabuesos de una partida de caza se llaman, premonitoriamente, Jew (Judío) y German (Alemán), dos nombres que aparecían ya en el poema original de Ravenscroft, del siglo XVII, pero que en el contexto de 1936 se revestían de siniestras resonancias. Así supo percibirlo Auden, una influencia decisiva en el joven Britten, como ser humano y como músico. Ambos compartían, además de muchas otras cosas, unos firmes ideales izquierdistas y un desprecio profundo por la secular afición de las clases altas de su país a matar animales con un boato y una ceremoniosidad que no lograban ocultar una despiadada crueldad. No es casual que en otra de las grandes colaboraciones de poeta y compositor, la opereta Paul Bunyan, compuesta durante el exilio estadounidense de ambos, haya animales entre los protagonistas. En la letanía final, en la que un perro y dos gatos catalogan algunos de los males de la sociedad, el coro les responde: “Salva a los animales y a los hombres”.

La soprano Sarah Tynan canceló su participación como solista en este último ciclo y, con margen ya tan solo para un único ensayo con orquesta, se ofreció a sustituirla el tenor Mark Padmore, uno de los artistas residentes de la presente edición del festival, y que ya había cantado a su vez la noche anterior Who are these children? (y pocos días antes Los sonetos sacros de John Donne, también de Britten). Maestro incontestable de la dicción y del canto expresivo y natural, Padmore deslumbró por igual en el marco íntimo de la iglesia de Aldeburgh (a pocos metros de las tumbas de Britten y Pears) y en la sala grande de Snape Maltings, con los acompañamientos respectivos de un sobrio Andrew West al piano y de una extraordinaria Sinfónica de la BBC dirigida por Karina Canellakis, una de las jóvenes protagonistas del largamente demorado asalto de las mujeres a los podios de las grandes orquestas, aunque en Aldeburgh la actuación de la estadounidense ha suscitado sensaciones encontradas. Tiene visos de ser una directora aún muy inmadura, poco personal, más atenta a marcar compases y asegurar entradas que a inspirar a sus músicos o sacar chispazos imprevistos y luminosos de la partitura. En su Wagner (el Preludio y Liebestod de Tristán e Isolda, nada menos), las tensiones y su adecuada planificación brillaron por su ausencia, mientras que el Stravinsky que cerró el concierto (la Suite de El pájaro de fuego) fue rígido y poco expresivo. Junto con el ciclo de canciones de Britten, una bofetada tristemente actual a nuestras conciencias ahora que las ratas vuelven a proliferar, los momentos de mayor interés llegaron con la obra Red and Green del austríaco Thomas Larcher, otro artista residente en la presente edición de un festival en el que creación e interpretación/recreación se revisten de idéntica importancia. Resulta significativo en este sentido que las biografías del libro del festival estén encabezadas por las de los compositores, artistas visuales y poetas vivos, que tienen año tras año una destacada presencia en la programación.

Dos días antes, un concierto que tomaba prestado su título de la novela de Iris Murdoch, The sea, the sea, se convirtió en epítome de los valores que defiende el festival: dos cantantes soberbios (el citado Padmore y el barítono Roderick Williams), un gran pianista (Julius Drake) y un consumado actor (Rory Kinnear) cantaron canciones y recitaron poemas relacionados con el mar. Los segundos llevaban las firmas de luminarias como Samuel Taylor Coleridge (su Rima del antiguo marinero, por supuesto, casi un poema nacional inglés), Thomas Hardy, Alfred Tennyson, Emily Dickinson, Wallace Stevens, Robert Frost o Elizabeth Bishop, mientras que en las canciones se mezclaron el francés (Fauré, Duparc), el alemán (Mendelssohn, Schubert, Brahms, Wolf) y, por supuesto, el inglés (Haydn, Elgar, Tippet y, como no podía ser de otra manera, Britten). Todo avanzó con la misma naturalidad y, casi, inevitabilidad con que rompen las olas en la orilla: Padmore, Williams y Drake engrandecían la poesía con su voz y desde el piano, mientras que Kinnear hacía auténtica música verbal con los infinitos recursos de ritmo, agógica y entonación que poseen únicamente los grandes actores. Al final, como propina, los cuatro regalaron a capela Oh Shenandoah, una canción folclórica estadounidense referida al río Misuri pero que también alcanzó gran popularidad entre los marineros. Viendo interpretarla a los cuatro con tan buenas maneras, la pregunta era inevitable: ¿hay alguien que no cante en este país?

Quienes han vuelto a cantar aquí tan solo dos años después de su primera visita, de nuevo como conjunto residente “a petición popular”, como ha escrito Roger Wright, el director del festival, es el grupo Vox Luminis, convertido desde entonces en uno de los favoritos del público, que acoge todas sus actuaciones con verdadero entusiasmo. En el primero de sus tres conciertos programados ofrecieron motetes de varias generaciones de los Bach, una secuencia culminada con una virtuosística interpretación de Jesu meine Freude, de Johann Sebastian, el responsable de archivar cuidadosamente las incontables muestras de talento de sus antepasados a fin de comprender mejor el suyo. La sobriedad luterana y la austeridad expresiva de este concierto del viernes contrastó el domingo con el ímpetu, el colorido y el despliegue instrumental de dos obras de Handel que vieron la luz en Roma (Dixit Dominus, compuesto con 22 años, la misma edad de Britten cuando imaginó Our hunting fathers) y en Londres (su famosa Oda a Santa Cecilia). El reducido grupo vocal de sus inicios ha dado paso ya a una formación de dimensiones mucho mayores, incluida una orquesta propia de la que forman parte varias españolas, excelente en todas sus secciones, si bien no posee aún la arrolladora personalidad y homogeneidad que muestran siempre las voces, solo aparentemente no dirigidas por Lionel Meunier, que las ha cincelado en pos de su propio ideal sonoro y estilístico, y comandadas por la brújula infalible del timbre y el fraseo únicos de la soprano Zsuzsi Tóth, aplaudidísima por sus intervenciones solistas.

Si hace dos años Vox Luminis rindió pleitesía al fundador del festival con una versión insuperada de Sacred and Profane, la última página coral de Britten, este año han hecho lo propio con una composición juvenil, alumbrada durante su regreso de Estados Unidos a Inglaterra en 1942 a bordo de un carguero sueco: el Himno a Santa Cecilia, cuyo sustento literario volvieron a ser los versos de Auden. Esta fue la obra que sonó en Oxford el 27 de octubre de 1973 en el funeral del poeta. Uno y otro llevaban tiempo distanciados, pero la muerte de su viejo amigo provocó “una tormenta de lágrimas” en Britten, quien, no lo olvidemos, había nacido justamente un 22 de noviembre, festividad de Santa Cecilia, en Lowestoft, a pocos kilómetros de Aldeburgh: nacido para componer.

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