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Cultura - 14.06.2019

Dos dados y un señor con tirantes para comprar al azar en la Feria del Libro

Un método como otro cualquiera que sirve a la cronista para vivir una feria diferente. Así fue por las casetas guiada por la suerte

Esta crónica la han escrito un francés con bigote y Javier Cansado, el de Faemino.

Ellos no lo saben.

Un poco de contexto. He venido a la Feria del Libro de niña con mis padres y de cuarentona con mis hijos. A currar y a darme paseos. Con listas de la compra y a ver qué me llamaba la atención. Como amiga de autores y como entrevistadora de alguno idiota. La Feria (en el Retiro, por su puesto) forma parte de mi vida. Vengo porque es algo que hago, no espero nada a cambio. Igual que compro lotería.

Pero este año, para achispar esta relación de viejas amantes que tenemos, pensé en Javier Cansado. Cada una, sus fetiches. Una vez le escuché contar que por navidades en su casa se regalaban dinero y dos dados, uno normal y otro de 12 caras de esos con los que se juega al rol (él juega, yo nunca). Luego se iban todos juntos a un centro comercial: la tirada del dado dodecaedro marcaba el piso, el otro dado los minutos (multiplicados por 10) que tenían para comprar cada uno su regalo. Por ejemplo: si sacaban 7 y 1, tenían que gastar pongamos 100 euros en la planta 7, ferretería, con 10 minutos para decidirse. Me pareció una genialidad y se la copié las navidades pasadas. Pero el sobre con 25 euros (yo no salgo por la tele) y los dos dados se quedaron olvidados en un cajón. Hasta ayer, que me puse juguetona con la Feria. 

Entré por la caseta 69. No hay dobles sentidos, fue la que me venía bien. Tiré los dados. Salió 9 (el dodecaedro) y 3 (el normal). 9 x 3 = 27. Sumé 69 y 27. Mi destino sería la caseta 96 -que ya es casualidad que sea 69 al contrario-, y allá me dirigí para comprar un libro, el que fuera. La única trampa es que sumé en vez de restar porque sé que entre las casetas del principio están los ministerios, los facsímiles y el BOE y tampoco hay que forzar la suerte. 

Pasé de largo las casetas de las librerías Rafael Albertí, Juan Rulfo, Mujeres y compañía y unas de niños monísimas… En todas me habría parado. Pero el azar era mi única guía. 

Caseta 96. Alcé la vista: Atlántica, Juegos, Rol, Fantasía.

¡No me jodas, Javier Cansado!

Sé que parece un invent, pero juro que es lo que tocó. Tengo fotos para demostrarlo. Rodeada por adolescentes (pero no solo) pidiendo guías del Fornite y lo último de George R. Martin, me sentí incapaz de elegir, ni al azar ni con cabeza, un libro entre tanto rey, tanto dragón y tanta saga. Así que le conté mi drama al librero, Borja de Pablo, al que, como buen jugador, no le pudo divertir más el hado de mi destino. No tanto lo que le dije luego: «Yo es que no me habría parado aquí ni en mil vidas, a ver, que en el colegio me empecé El Hobbit de Tolkien y lo tuve que dejar». Mirada fulminante. «Pero he visto Juego de Tronos», le dije para aplacarle. «La gente se cree que el género fantástico es cosa de frikis, pero hay muy buena narrativa», me contestó amable. Me contó también que el que más vende es El nombre del viento, un clásico de hace 10 años que inició una pentalogía de ventas millonarias que ha sido número uno en The New York Times. Yo no lo había oído en mi vida. El que más recomienda se llama Imperio Final de Brandon Sanderson, «porque no hay tanto elfo ni tanto enano y tiene un estilo más contemporáneo». Sin embargo, a mí en concreto me recetó Medio Rey de Joe Abercrombie. «Sobre todo porque me gustó muchísimo y es más cortito», me dijo. En este mundillo cortito significa 379 páginas. ¿Hay amoríos al menos? «Son vikingos, hay de todo». Compré el de los vikingos sin dudar y aún me sobraban 16 euros. 

En este momento de la crónica, entra en escena el francés del bigote del principio.

Se llama Joël Henry y le entrevisté hace 12 años por un libro titulado The Lonely Planet Guide to Experimental Travel, que no está editado en castellano. Es un librito loquísimo, tanto que aún lo recuerdo. Propone una serie de juegos para ser un turista dadaista: elegir el cuadrante K2 del plano de una ciudad para hacerle una visita, recorrer un destino con los ojos vendados, pasar de museos y dirigirse a las últimas paradas de metro, coger el tren que salga a las 12:00 y bajarse en la duodécima parada, ir a las calles que aparecen en el Monopoly local… Y así todo. 

Con 16 euros en el bolsillo, ayer escogí un juego del libro que consiste en seguir a alguien aleatorio que te cruces por la calle.  Mi instinto fue stalkear a un guapo, pero eso ya me ha salido mal antes, así que al final opté por un caballero mayor. Pelo blanco, elegante, barba y gafas de sol. Y unos tirante verdes. Para dadaistas, yo. 

Mi reto: «El primer libro que se compre, lo compraré también yo». 

Pasó por una infantil, pero ni amago de detenerse. ¿Mis queridas biografías pop? Tampoco. Se paró en Visor. Yo le tengo ganas al de Elvira Sastre, pero otra vez será Elvira. Pasó de largo. Creo que empezó a sospechar, iba muy cerca, cuando agarró Serotonina de Houellebecq. Leyó la  contraportada entera. Y yo: ¡No!, le grité en silencio, ¡que ese ya lo tengo! El corazón me iba a mil.

Tras media hora siguiéndole –no parecía tener prisa– cambié las reglas, que para eso es mi juego:  «No hace falta que lo compre, el siguiente que toque, lo compro».

Método de Latín I. ¿En serio? ¿El paso lógico después de Serotonina? ¿Estamos locos? Volví a cambiar las reglas. Sería el siguiente, que tampoco estoy yo para tirar euros. 

Tirantes verdes se detuvo en Editorial Gadir. Escaneó las portadas de una colección de relatos cortos ilustrados de autores clásicos. Tienen pinta de que se los podría leer a los niños, por cortos y por ilustrados. Estaban Mark Twain y Tolstoi, autores de los dos primeros libros que me hicieron llorar de pequeña (Las aventuras de Tom Sawyer e Historia de un caballo). «Venga, tirantes verdes, tócalos, tócalos…», le susurré sin aliento. La Feria más excitante de mi vida. Su mano, levísima acarició La nariz de Nikolái Gógol. Este sí sabía quién era (ruso, mediados del XIX, obra culmen Almas muertas) pero no le he leído, creo, hay tanto ruso del XIX. El librito (76 páginas) trata sobre una nariz que cobra vida propia y es una crítica a la vanidad humana, me explicó el dependiente cuando le pagué 14.40. Y añadió: «¡Qué casualidad, la ilustradora es mi sobrina!». Si yo le contara…

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