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Cultura - 13.01.2019

Casco, niño, moto

Claudio López Lamadrid transmitía seguridad, esa sensación de que con él las cosas solo podían salir bien

Claudio López siempre se iba antes de tiempo de los sitios. Mal equipado para la paciencia y con un umbral de aburrimiento muy bajo, dominaba el arte de la desaparición, hasta el punto de convertirlo en uno de sus encantos. Un extraño talento para la seducción en ausencia: cuanto menos estaba Claudio, más le quería la gente. Era capaz de convocar reuniones en su despacho y escabullirse a la mitad. A veces no era fácil desaparecer sin dar explicaciones: el trabajo de editor incluye una parte considerable de acompañar a los autores. Sin embargo, él se salía siempre con la suya, actuando de manera inesperada o farfullando alguna excusa surrealista que resumía, hasta hacer incomprensibles, varios argumentos. En una ocasión, para justificar que tenía que irse nada más cenar y dejaba tirado a un autor importante en un rincón inhóspito de la ciudad, intentó alegar que tenía que recoger a su hijo y solo tenía un casco para la moto así que no podía llevarle a ningún lado. Lo que dijo en realidad fue “casco, niño, moto” y aprovechó el desconcierto y la perplejidad que esas palabras generaron para subirse a la moto y desaparecer. Desde entonces, “casco, niño, moto” se convirtió en su lema, y en la mejor definición de su modus operandi.

Aunque dosificaba con cuentagotas su presencia, todo el mundo le conocía, y todo el mundo quería estar con él. Más que magnetismo, lo que tenía Claudio era un campo gravitacional propio de escala global e intensidad superior. Una vez establecido el contacto, físico o virtual, quedabas ligado a él por siempre en una órbita más o menos lejana, pero que indefectiblemente te acercaba como poco en momentos concretos del año: una FlL de Guadalajara, una feria de Fráncfort, alguna presentación, un viaje a Buenos Aires o Santiago. Allí tejía planes, sembraba libros y alimentaba amistades. El eco internacional de su desaparición es buena muestra de la red de afectos y complicidades que construyó. Su inmensa generosidad, la seguridad que transmitía, esa sensación de que con él las cosas solo podían salir bien, nos llevó a muchos a ser prohijados gustosamente y generaba una lealtad ciega entre quienes trabajábamos con él. También ayudaba, claro, lo divertido que era, lo bien que nos lo pasábamos. Estaba convencido de que tenía el mejor oficio del mundo, y a su lado esa convicción era verosímil. La fuerza de su personalidad y el éxito de su ejemplo humanizaron con creces el rostro de la edición de los grandes grupos en nuestro idioma; a cambio, ahora más que un editor, perdemos un trozo de alma.

Claudio siempre colocó a los autores y sus obras en el centro de todo: “Lo único que tiene un editor son sus autores”, decía con gesto serio. En su despacho presumía de dos butacas desvencijadas que le habían acompañado durante 20 años, varios edificios y tres fusiones, y de una pizarra cubierta por frases y dibujos esbozados a tiza. Una cita de Eliot destacaba: “For last year’s words belong to last year’s language / And next year’s words await another voice / And to make an end is to make a beginning” (“Las palabras de ayer pertenecen al ayer / y esperan otra voz las que vendrán mañana. / Y trazar un final es trazar un comienzo”). Hasta ayer no reparé en que quizá eso resumía su idea de la edición, poner en valor las palabras de ayer y buscar la voz que vendrá mañana. Me hubiera gustado preguntarle si era así, pero empeñado como siempre en irse antes de tiempo farfulló un último “casco niño moto” improvisado y nos dejó con la cabeza llena de planes ahora irrealizables, el corazón hecho añicos y condenados a arrastrar una deuda de gratitud inmensa e impagable.

Miguel Aguilar es director literario de Debate y Taurus. 

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